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Episodio 15 · 50 min

Una palabra puede salvar una vida: ¿Por qué una persona llega a no querer vivir?

Elizabeth Fiallos, que divulga sobre el cerebro y la vida cotidiana, se sienta con James y Daniela en el mes de la prevención del suicidio. Cuenta el mensaje que le llegó por TikTok de un joven que decidió no quitarse la vida, explica la poda cerebral del adolescente que busca identidad y por qué el suicidio nunca es el problema sino la gota que derrama el vaso. James suma doce años en Narcóticos Anónimos: las puertas que se abren, los espíritus que tienen nombre y el vacío que ninguna sustancia llena.

Resumen del episodio

La invitada: Elizabeth Fiallos

James Pratt y Daniela Moreira reciben a Elizabeth Fiallos, Eli. Ella se dedica a muchas cosas, y una de ellas es llevar un mensaje por sus redes sobre la relación entre la vida cotidiana y el cerebro: qué pasa ahí dentro en cada etapa de la vida y cuando uno atraviesa determinadas situaciones.

Antes de encender las cámaras las chicas ya venían conversando, y de ahí sale el tema del día. Eli también es cristiana y se congrega.

El mes de la prevención del suicidio

El episodio se graba en el mes de la prevención del suicidio, y el tema llega con una historia muy cercana. Hace un par de días se quitó la vida el hijo de una amiga de la madre de Daniela. Tenía 27 años. Ella misma visitó a la mamá el día anterior a la grabación.

El detalle que a Daniela más le pesa es que ese joven también conocía la palabra. De ahí la pregunta que ordena toda la conversación: por qué una persona llega hasta ese punto, desde lo científico y desde lo espiritual.

Eli empieza por lo que no se suele decir: nadie está preparado para lo que le sucede. Una madre jamás espera estar en el funeral de su hijo. Lo natural es que los hijos entierren a los padres.

Y hace la observación de fondo: en esta generación se está normalizando el declive de la salud mental.

El amor salva, y una palabra transmite amor

Frente a eso, lo que Eli plantea como trabajo de un cristiano es inculcar el amor, porque el amor es básicamente lo que puede salvar a una persona. Y el amor se transmite de muchas formas, entre ellas una palabra.

Una palabra es poderosa. Está escrito que el poder de la lengua mata o da vida. Y muchas veces no tenemos claro lo que decimos con la boca.

Su reclamo a la sociedad es directo: las palabras se usan para dañar, para dividir, para transmitir un mensaje que no tiene nada que ver con el amor. Y quienes somos la luz del mundo y la sal de la tierra deberíamos estar haciendo exactamente lo contrario.

Hay además un dato de su área que lo sostiene: las palabras impactan directamente en los circuitos cerebrales. La actividad cerebral se perjudica con las palabras que uno escucha, sobre todo en la infancia.

El mensaje que llegó por TikTok

Eli hace lives en TikTok. Hace exactamente un mes le escribió un joven para decirle algo que la dejó impactada: gracias a su live de ese día había decidido no quitarse la vida.

Ella lo cuenta sin adornarlo. Le dio la gloria a Dios, se puso a orar y le pidió una sola cosa: Señor, si esto es lo que tengo que hacer, úsame, sígueme usando.

Porque una sola palabra de aliento puede salvar la vida de una persona.

El joven le contó su historia en ese mismo mensaje: es un adolescente incomprendido en su casa, que no es escuchado, que no recibe palabras de amor, ni de aliento, ni un consejo.

La pregunta incómoda para los padres

De ahí sale la pregunta que Eli hace sin suavizar: qué están haciendo los padres de esta generación para que sus hijos consideren quitarse la vida como la solución a sus problemas.

Y la pone en perspectiva. Todos fuimos adolescentes alguna vez y queríamos escuchar palabras lindas de quienes amábamos y de quienes nos cuidaban. Muchas veces recibimos justo lo contrario.

La poda cerebral: el adolescente que busca identidad

Aquí Eli explica qué está pasando por dentro en esa etapa. Lo llama poda cerebral, y lo aterriza con una imagen: un jardín con césped. Cuando el césped crece, para que el jardín se vea bien hay que podarlo.

Lo mismo pasa en el cerebro del adolescente. Toda la información que acumuló desde bebé se poda cuando entra en la adolescencia, alrededor de los 12 o 13 años. Y el resultado es que carece de identidad.

El ejemplo que usa es una película que los tres conocen: Intensamente 2. Riley ya no es una niña, es una adolescente, y todo el objetivo de la película es que ella no tiene identidad y la está buscando. Por eso quiere integrarse a un grupo de amigas. Quiere pertenecer.

Y ahí está el punto. Imagínate a un joven buscando identidad que en lugar de guía recibe de sus padres la crítica de que no sirve para nada o de que es un malagradecido, porque hay muchos padres que creen que sus hijos les deben algo. Y no es así.

El club de los 27 y las bromas que no son bromas

Daniela nota una coincidencia dura: el joven que se quitó la vida tenía la misma edad que Eli, 27 años. Y Eli cuenta que en su generación circulaba una frase: el club de los 27. Se dice como broma. Bienvenida al club de los 27. O sea, hasta los 27 yo ya no quiero estar aquí.

James no la conocía así. En su promoción se hablaba del club de los 33. Salen a la conversación los artistas que perdieron la vida bajo el alcohol o las drogas, y los dos clubes que circulan como chiste según la generación.

Lo que Eli hace con eso es devolverlo a su terreno: las bromas no son bromas, porque siempre sacan algo de verdad. Y explica por qué. El cerebro no tiene ética ni moral. La moralidad y la ética las pone la mente. El cerebro es el órgano, la parte anatómica, y solo repite.

De broma en broma la verdad se asoma, y eso tiene explicación científica.

James lo lee en clave espiritual: aunque a una persona la frase no le mueva nada, el enemigo igual trata de entrar por la ruptura más chiquita, por la abertura más pequeña.

No es el problema: es la gota que derramó el vaso

Esta es la idea central del episodio y Eli la dice completa. Quien ya no tiene ganas de nada y quiere dejar de existir no llegó ahí por algo que le pasó en esa etapa. Son problemas ignorados, arrastrados desde años atrás.

Un adulto que toma esa decisión viene arrastrando cosas de su adolescencia y de su infancia. Y, aunque duela admitirlo, muchas veces los padres son los culpables.

Porque un hijo reforzado con amor y con seguridad no responde a la primera dificultad queriendo quitarse la vida. Una persona segura de sí misma, resiliente y disciplinada se viene trabajando desde años atrás. La disciplina no se consigue de la noche a la mañana.

Dicho más sencillo: cuando alguien decide quitarse la vida no es porque le pasó el problema, es porque ese problema fue la gota que derramó el vaso de lo que no habla, de lo que está en su mente y no puede expresar, muchas veces porque siente que no hay nadie que lo entienda.

Cuando en casa no hay escucha activa

Eli señala dónde se rompe la cadena. Los cuidadores principales, que no tienen que ser necesariamente el padre o la madre —puede ser la abuela, la tía, cualquiera que esté a cargo—, son los que deberían dar escucha activa: atención de verdad, consejos, toda la comunicación que en una familia debería existir.

Cuando eso no está, la persona busca otras alternativas para desahogar el dolor. Y cuando ya no encuentra nada que se lo quite, aparece el pensamiento de que dejar de vivir quitaría el dolor.

Pero en el ámbito espiritual eso no funciona así. Lo que ocurre, dicen los dos, es que el enemigo se está ganando esa alma para atormentarla.

«No me acuerdo cómo lo hice»

Daniela trae algo que venía pensando desde hace tiempo, de cuando estudió trabajo social y le tocó ver muchos casos de feminicidio. Había un argumento que se repetía en varios hombres después del asesinato: no se acordaban cómo había pasado, porque estaban bajo sustancias o bajo el alcohol.

Casos planeados hay, claro, pero también estaban los otros: no me acuerdo cómo lo hice, no me acuerdo cómo llegué a este punto.

Su lectura es que la mente se inhibe con esas sustancias y entra en otra situación espiritual. Y lo conecta con los artistas que perdieron la vida en las mismas circunstancias: no estás siendo tú en tus cabales cuando terminas con tu vida, estás bajo la influencia de algo que te inhibe el alma.

Lo que la ciencia puede explicar y lo que no

Eli marca el límite con claridad. La ciencia no puede explicar lo espiritual, porque la ciencia afirma lo que pasa por un método científico, y lo espiritual no se ve ni se puede observar. Lo más cercano que ella puede hacer desde su área es explicar qué pasa en el cerebro de una persona que está siendo poseída.

Se detiene en la esquizofrenia. Es un diagnóstico médico y lo trata la psiquiatría: personas que aseguran ver cosas que no se perciben en este plano. Y su lectura desde la fe es que hay gente con los ojos espirituales abiertos que ve cosas que quien no cree jamás le va a creer.

Su conclusión personal, y la presenta como tal, es que hay algunas enfermedades mentales que en el mundo espiritual son demonios. Pero la ciencia necesita un diagnóstico y una explicación médica para ponerle nombre a ese estado.

De paso ordena unos términos que se confunden. El subconsciente es eso que repetimos sin saber por qué, como ir directo al baño a lavarnos los dientes al levantarnos. El inconsciente es clínico: cuando te desmayas y no sabes nada de lo que pasa alrededor. Y el consciente es todo lo que haces sabiendo por qué y para qué lo haces.

También cuenta un caso cercano: un joven de menos de 22 años, de la otra familia de un sobrino suyo, desarrolló esquizofrenia. Ese niño sufrió muchísimo desde muy chiquito. La gente dice que le detonó de repente, y ella insiste en que no hay tal de repente.

El enemigo no es un ladrón nervioso

Los dos coinciden en cómo opera. No es el ladrón típico que va a robar y le tiemblan las manos. Es una organización, una estructura. Es preciso y es táctico. Y no se mete en tu vida sin que antes le des permiso.

Ninguna posesión ocurre sin abrir puertas antes

De ahí la frase que resume el tramo: ninguna persona puede ser endemoniada si primero no se abren puertas.

Y esas puertas son concretas. Pueden ser películas, pueden ser sustancias, pueden ser drogas. Todo lo que aquí es legal, arriba también lo es: el enemigo tuvo que pedirle permiso a Dios para tocar a Job.

Por eso el punto de la legalidad. El enemigo no hace nada sin estar legalmente respaldado. Tiene que poder decir por qué: entré porque hizo esto y esto y esto. Así que todo lo que hacemos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos es, o un portal que se le abre al mal, o algo que nos mantiene firmes y a salvo con Dios.

El hombre que barrió su casa y volvieron siete demonios

Eli recuerda el pasaje del hombre al que le sacaron los demonios y volvieron siete peores. Y hace la pregunta que el texto deja abierta: qué hizo esa persona después. Volvió a lo mismo que le abrió la primera puerta, o cambió de vida.

Lo compara con lo que se lee en el Nuevo Testamento: muchos fueron sanados, pero no todos cambiaron su vida. De los diez leprosos, no todos volvieron a reconocer a quien los había sanado. Y al paralítico Jesús le dijo que se fuera y no pecara más; lo que hizo él fue ir a avisarles a las autoridades dónde estaba Jesús.

El tema, dicen, es la obediencia: haces caso o no haces caso. Cuando alguien no está recto, ve el milagro como algo que merece y no como motivo de gratitud para tener una relación con Dios. Por eso hay personas bendecidas por un tiempo que vuelven a caer. Y pasa muchísimo con quienes consumen drogas o están atados a la pornografía, que es otra puerta.

Doce años en Narcóticos Anónimos: lo que James ha visto

James aclara que lo suyo no es creencia sino experiencia: doce años en Narcóticos Anónimos, su propia vivencia y la de todos los que ha tenido alrededor, compañeros y ahijados.

Ha estado muchísimas veces en el Instituto de Neurociencias acompañando a personas que apadrina y que recaen, a las que hay que internar para desintoxicarlas. Y dice lo que vio: posesiones. No solo en su comunidad, también fuera de ella.

Su lista de puertas suma a la de Eli: la tristeza, la depresión y los tatuajes. Los tatuajes simbólicos abren puertas literalmente. Un tatuaje satánico o de la santa muerte es un portal en tu piel, una entrada. Esas cosas pequeñas ya no son pequeñas: estás dando legalidad en tu propio cuerpo.

Otra puerta es volver a consumir engañándote con que esta sustancia no cuenta, cuando ya conoces la verdad. Y ahí cita lo que más pesa: mejor sería no haber conocido el camino.

Los espíritus tienen nombre

James explica por qué esto importa en la práctica. Cuando uno está tomando alcohol le abre un portal al espíritu del alcoholismo. Y los espíritus tienen nombre.

Uno de los dones que Jesús da a sus discípulos es liberar al oprimido. Se escucha como exorcismo, pero aquí se habla de liberación, y para poder hacerla hay que ponerle nombre y entender quién está dentro: el espíritu de muerte enfocado al suicidio, el espíritu del alcoholismo, el de la adicción, el de la lujuria. También hay que identificar cuál fue el portal.

Y muchísimos empiezan por el mismo lugar: el espíritu del rechazo y el de la orfandad. Cuando no tienes identidad, el enemigo entra. Cuando los poseídos hablan, además, dicen ser legión: no son siete demonios, son cientos.

Los pilares de la adicción

De su experiencia James saca tres pilares: la obsesión, la compulsión y el egocentrismo.

La obsesión es quiero fumar, o me quiero matar. La compulsión es lo que viene después: empiezo a hacerme daño, empiezo a lastimarme; o sigo consumiendo y me estoy matando lentamente con lo que consumo, consciente o inconscientemente. Y el ego es el yo estoy bien: el exceso de confianza, o su reverso, la falta de confianza en uno mismo.

Esos tres pilares llevan al consumo y a la perdición de un vacío que nadie puede llenar.

Hambre de Dios buscada en el lugar equivocado

James trae una idea de una película sobre un evangelista, protagonizada por el actor que interpreta a Jesús en The Chosen: estas generaciones tienen hambre de Dios.

La gente no sabe que quienes están consumiendo y buscando drogarse, las perdiciones, las fiestas, están hambrientos por Dios. Solo que lo están buscando en el lugar equivocado.

El estómago y el corazón: la raíz del vacío

Eli lo explica con un ejemplo cotidiano, porque para ella la raíz de todo esto son los vacíos que siente quien consume. Si ya estás lleno, no sales a buscar qué comer.

Imagínate que tiene hambre y sale a comer algo sustancioso. Le sirven un plato gigante y se come la mitad: queda tan satisfecha que no tiene ningún problema en dejarlo, pedir una tarrina e irse feliz a casa.

Ahora imagínate a un joven con la misma hambre que no tiene con qué comprarse ese plato. Va a buscar qué comer donde sea: en la basura, en la nevera, y no encuentra nada.

Ese es el estómago. Llevado al corazón es exactamente igual. Cuando tu corazón está lleno, estás satisfecho, como lo están quienes tienen a Cristo: él es el todo de absolutamente todo y no hace falta más. Quien no tiene esa llenura va a querer llenarla con otras cosas que le den placer, que le den amor, que le hagan sentir lo que le falta.

Porque quien tiene una relación con Dios tiene alegría y tiene paz incluso cuando la vida no va como uno quiere. Tiene gozo, y una paz que sobrepasa todo entendimiento, aunque solo la entiende el que tiene la mente de Cristo.

Y esa, dice, es la raíz de todos los males del mundo y de las adicciones: la llenura. El ser humano que no conoce a Dios quiere llenar algo y va a buscar la manera de hacerlo.

Diez opciones del enemigo y una sola de Dios

La conclusión práctica llega sola. Un joven con sed de llenar su corazón va a recibir muchas opciones del enemigo, y es más probable que las reciba a que un cristiano se le acerque a decirle que Cristo lo ama.

Puede recibir diez opciones del enemigo y una sola de Dios. En muchos casos recibe once del enemigo y ninguna otra. Y de todas las que tiene, va a aceptar alguna.

Por eso, dicen, la mies es mucha y los obreros son pocos. Y por eso un cristiano debería estar al ruedo todos los días.

«El diablo es neurocientífico»

Eli lo plantea sin rodeos: el enemigo sabe de conducta humana, conoce el cerebro. Usa el avance tecnológico y científico para su mal porque quiere imitar la omnipresencia y la omnipotencia de Dios, pervertirlas y usarlas en contra. Es un imitador y un copión.

No obliga: tienta. Igual que en el desierto. Es como si te acorralaran y te dijeran que solo tienes tres opciones y tienes que elegir una. Pero siempre, siempre, Dios manda una señal para que tengas otra salida.

Y justamente esa luz es la que el enemigo ataca. Por eso llega tanto odio a quien habla de Dios en redes: él sabe que tenemos una luz y que la queremos expandir, y cree que la única forma de atacarla es con más oscuridad. Aunque la luz siempre prevalece en las tinieblas.

Todo el sistema, dice, está armado para hacerte vulnerable a propósito: para que estés depresivo, para que estés ansioso por las deudas, para que siempre quieras verte bien. Y ataca distinto según a quién: a los hombres por lo visual, a las mujeres por dentro, por la autoestima y por cómo me veo.

Proteger la mente antes de dormir

De ahí sale el hábito que Eli comparte. Su motor es Jesucristo, pero la herramienta con la que trabaja y ayuda a otros es su mente, y por eso la cuida.

Antes de dormir le pide al Señor que la cubra y proteja su mente, porque sabe que el cerebro tiene actividad incluso en la fase de sueño más profunda, y porque el enemigo ataca justamente ahí: la mente es la que controla el cuerpo. Nadie se droga sin que las manos agarren la droga, y las manos hacen eso porque recibieron la información del cerebro.

Lo primero que hay que proteger, entonces, es el corazón y la mente. Como David, que le pidió a Dios un corazón limpio.

Y deja una observación sobre el conjunto: hay una interacción interesante entre la ciencia y Dios. La ciencia jamás ha negado a Dios. La ciencia explica lo que Dios ha hecho.

La depresión contenta

Daniela le pone nombre a algo que ve en estos casos: la depresión contenta. Personas que están en depresión profunda pero que ante el mundo son el centro de atención, siempre felices, siempre bien. Se guardan lo que sienten para que desde afuera se vea que están en lo correcto. Y después nadie entiende qué pasó.

Eli lo explica desde la psicología social y desde el ego. Una persona puede querer morirse y ser, ante la sociedad, la persona más feliz y de mejor vibra que te puedas imaginar. Lo esconde porque lo que menos quiere alguien egocéntrico es que lo vean en su peor etapa, que le vean una vulnerabilidad, que la sociedad lo vea débil.

Y aunque por dentro recurra a medicamentos o a cosas muy feas para sopesar esa tristeza, por fuera no se nota nada.

Ella misma admite que en las neurociencias se ven avances que dan miedo, y que a veces los reprende, porque lo que se viene no es nada bonito para los jóvenes si lo que uno quiere es dar un mensaje de amor, de vida y de esperanza.

Lo que queda claro entre los tres es la estrategia de fondo: que lo bueno parezca malo y lo malo parezca bueno.

¿Y los niños que no nacen en un hogar con Dios?

Aquí Daniela dice lo que le deja un hueco grande. Si las puertas se abren desde niños, qué pasa con los niños cuyos padres no tienen a Dios en el centro. Y no es una etapa corta: son unos 18 años.

El dato que aporta viene de su casa, porque su mamá es docente. De 30 estudiantes en un aula, los padres casados eran siete. Y de esos siete, cuántos tendrán una relación con Dios.

En un estado que mira mal la religiosidad y en una escuela laica esa guía no la vas a encontrar. La respuesta que le dan es la que sostiene el tramo: Dios es padre de los huérfanos y marido de las viudas. El consuelo y la solución para todo es Dios, y es responsabilidad nuestra que la palabra llegue a todos. Lo que pasa, reconocen, es que no todos los creyentes son discípulos.

Y Daniela vuelve a la frase que lo resume: dejad que los niños vengan a mí.

La crisis existencial de Eli

Para responderle, Eli cuenta su propia historia. Conoció a Jesús a los 16 años, después estuvo apartada unos años, y fue justo al regresar cuando tocó fondo y llegó a dudar de su propia existencia.

Su crisis no era por ella: era por el mundo entero. Sabía de la palabra de Dios pero no sabía de conducta humana, y veía tanta maldad y tanta necesidad que no sabía qué hacer. No solo con los niños: con las mujeres, con los hombres, con los adolescentes, con los ancianos que tantas veces quedan olvidados y abandonados.

Por eso entiende y empatiza con lo que Daniela está sintiendo. Y su diagnóstico de aquella etapa es concreto: el problema era que no estaba ordenada, no sabía cómo ayudar a todos. Cuando le pidió sabiduría a Dios, Dios le fue mostrando cómo.

El cerebro aprende por repetición

Eli vuelve a su terreno para responder qué se puede hacer por los niños. Recuerda, parafraseando, el mandato de poner la ley en la casa y de hablarles a los hijos de ella en el camino, por la mañana y antes de acostarse.

Y explica por qué funciona: el cerebro trabaja por repetición. Un niño que aprende y memoriza la palabra de Dios desde muy chiquito probablemente se quede con ella toda la vida.

Ella es su propio ejemplo. Su mamá se convirtió antes de embarazarse de ella, y por eso, dice, sus hermanos y ella son diferentes: ellos crecieron con padres no cristianos, ella no. La llevaban a la iglesia, jugaba con los otros niños, escuchaba la palabra, oraban por ella. Eso se le quedó.

Con un matiz que no se salta: Dios marca la vida y uno queda marcado para siempre, pero lo que cada quien haga de grande sigue siendo una decisión propia.

Ayudar a un adulto es ayudar a un niño

La respuesta práctica es la que cierra la inquietud de Daniela. Lo que Eli hace es ayudar al adulto, porque ese adulto probablemente tiene un hijo. Si ayudas a una mujer como tú, y esa mujer tiene un hijo, el impacto que creas en ella también llega al niño.

El ejemplo que ponen es el de Narcóticos Anónimos: ayudar a un hombre no es solo su desarrollo personal. Ayudarlo a ser buen padre es ayudar al niño; a ser buen esposo, ayudar a la mujer; a ser buen ciudadano, ayudar a la sociedad; a ser buena persona en su negocio, ayudar a sus empleados.

Así que Daniela ya está ayudando a los niños. Lo que queda es ordenarlo, incrementarlo y crear estrategias para llegar a más. Porque como cuerpo de Cristo hay que organizarse igual que está organizado el otro lado, y cada uno tendrá su ministerio: el que enseña, el que aprende, todos.

Pero primero somos hijos, con un Padre que nos respalda. El resto viene por añadidura.

«El único que te puede salvar el alma se llama Jesucristo»

El mensaje final lo da Eli, y lo da desde su lugar. Desde la ciencia puede haber muchas soluciones para la ansiedad, la depresión y las ganas de no vivir. Puedes ir con el mejor psicólogo, el mejor neuropsicólogo, el mejor psiquiatra, el mejor neurólogo, el mejor neurocirujano, y te podrán hacer maravillas para sopesar el dolor.

Pero eso Jesucristo lo puede hacer desde donde tú estés. En la cama, en el trabajo, manejando, haciendo cualquier cosa. Lo único que hace falta es un corazón humilde y hablarle al Padre, porque estés donde estés él te va a escuchar, y él puede lograr lo que no logra ningún profesional de la salud en la tierra.

Y lo dice con lo que ella misma es: yo sé mucho del cerebro, y lo que le digo a mi comunidad es que yo les puedo dar una manito, pero el que tiene la solución a todos tus problemas se llama Jesucristo.

Si buscas la muerte, él te dice que es la vida. Si no encuentras camino, él es el camino. Si no encuentras verdad, él es la verdad.

Te lo digo yo, que formo parte del ámbito científico: el único que te puede salvar el alma y toda tu vida se llama Jesucristo.

Lo que más se pregunta

Preguntas frecuentes de este episodio

  • ¿Por qué una persona llega a querer quitarse la vida?

    Elizabeth Fiallos lo explica así en el episodio: no es por el problema que acaba de pasar, sino porque ese problema fue la gota que derramó el vaso. Detrás hay dolores ignorados y arrastrados desde la infancia y la adolescencia, cosas que la persona no habla porque siente que no hay nadie que la entienda.

  • ¿Qué es la poda cerebral en la adolescencia?

    Es lo que pasa en el cerebro del adolescente con la información que acumuló desde bebé: se poda, como se poda el césped de un jardín. El resultado es que el joven se queda sin identidad y sale a buscarla. Si en esa etapa no recibe guía sino críticas, la búsqueda lo lleva a cualquier parte.

  • ¿Cómo puedo ayudar a alguien que está pensando en quitarse la vida?

    Lo primero que plantea el episodio es la escucha activa: atención de verdad, consejo, palabras de aliento. Una sola palabra puede salvar una vida, y Elizabeth cuenta el caso concreto de un joven que se lo escribió. Si hay riesgo, acompañar a la persona a buscar ayuda profesional; y sobre todo, llevarla a Jesús, que es quien puede hacer lo que ningún profesional logra.

  • ¿Cuál es la diferencia entre el cerebro y la mente?

    En el episodio se explica que el cerebro es el órgano, la parte anatómica, y que no tiene ética ni moral: el cerebro solo repite. La mente es la que pone la moralidad, la ética, el amor y el odio. Por eso las bromas que se repiten terminan haciendo daño, aunque se digan de broma.

  • ¿Qué son las puertas o portales espirituales?

    Son las cosas que dan legalidad para que el enemigo entre: películas, sustancias, drogas, alcohol, tatuajes simbólicos, la tristeza sostenida, el rechazo. El punto que hacen los dos es que ninguna persona puede ser endemoniada si antes no se abrieron esas puertas, igual que el enemigo tuvo que pedir permiso para tocar a Job.

  • ¿Qué es la depresión contenta?

    Es la persona que por dentro está en depresión profunda y por fuera es el centro de atención: siempre feliz, siempre bien, pura buena vibra. Se guarda lo que siente para que nadie la vea vulnerable, y por eso después nadie entiende qué pasó.

  • ¿Cómo protejo la mente y el corazón de mis hijos?

    Elizabeth recuerda el mandato de hablarles de la palabra en el camino, por la mañana y antes de acostarse, y lo explica desde su área: el cerebro trabaja por repetición, así que lo que un niño memoriza de pequeño se queda con él. Ella misma lo cuenta como su propio caso.

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