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Episodio 21 · 41 min

Los 9 dones del Espíritu Santo: ¿son solo para pastores?

En la segunda parte de su conversación con James Pratt y Daniela Moreira, el pastor Mario Gamas distingue los cinco dones de Cristo a la iglesia de Efesios 4 de los nueve dones del Espíritu de 1 Corintios 12, y explica por qué no son talentos naturales ni son solo para pastores. Cuenta testimonios de palabra de conocimiento y de sabiduría, define la santidad como caminar obediente al Espíritu Santo, presenta el evangelio como un Padre que bajó a rescatar a sus hijos y advierte contra la vida a prisa.

Resumen del episodio

La segunda parte

James Pratt y Daniela Moreira reciben otra vez al pastor Mario Gamas, invitado internacional de visita en Ecuador. Es la segunda parte de la conversación que empezó en el episodio sobre los hombres criados sin padre, la primera que en Perfectos Podcast se parte en dos.

Retoman donde la dejaron: Jesús como el modelo perfecto de liderazgo y la idea de que perfecto es maduro, como la fruta, que solo está perfecta cuando madura. Pero para que haya cosecha tiene que haber una siembra previa. Y entonces le piden al pastor que cuente qué vino a compartir a Ecuador.

Los cinco dones de Cristo a la iglesia

El pastor empieza por Efesios 4:11-13, donde Pablo describe los dones de Cristo a la iglesia. Son cinco: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros.

En la mesa alguien comenta que siempre los había entendido como los ministerios, y el pastor precisa: son dones ministeriales, sí, pero son los que Cristo le dio a la iglesia. Ahí lo dice clarito.

Los nueve dones del Espíritu

Del otro lado está 1 Corintios 12, donde Pablo habla de nueve dones del Espíritu Santo a la iglesia, que no son lo mismo que los frutos ni que los talentos. Lo primero que el pastor aclara es para qué sirven, y lo lee: «A cada uno se le ha dado la manifestación del Espíritu para el bien común». Sirven para hacer el bien.

Y sigue leyendo: a uno se le da palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento; a otros, fe, dones de sanidades, poder para hacer milagros, profecía, discernimiento de espíritus.

Entonces desmonta la creencia más extendida. La mayoría de la gente en la iglesia piensa que esos dones solo los tienen los de los cinco dones ministeriales: ellos sí, yo no. Eso, dice, es absolutamente falso. Por algo Pablo escribe que no quiere que los hermanos sean ignorantes acerca de los dones: porque la gente es muy ignorante en el tema.

Un don no es un talento

El primer malentendido, explica, es confundir los dones del Espíritu con las habilidades naturales. Los talentos son humanos; cualquiera los tiene, y no hace falta el Espíritu Santo para operar en ellos. Él canta por naturaleza, y ya cantaba antes de tener al Espíritu Santo; quien toca la guitarra lo puede hacer sin él. Los dones del Espíritu, en cambio, no se pueden operar sin el Espíritu.

Le preocupa además que la iglesia latinoamericana esté tan escasa en esto y dependa demasiado de lo que enseñan los estadounidenses. Por eso, en la iglesia en la que va a ministrar durante su visita, quiere activar a la gente para que pueda darle a alguien una palabra de conocimiento: algo secreto de esa persona que uno no tiene manera de saber, y que solo susurra el que la conoce por dentro.

¿Cómo sé cuál es mi don?

Surge la pregunta práctica: de los nueve, ¿cómo te das cuenta de cuál es el tuyo? Quien pregunta cuenta que en su devocional diario leyó la palabra discernimiento y sintió que ese era su don.

El pastor afina: no es discernimiento a secas, sino discernimiento de espíritus. No se trata solo de distinguir el bien del mal, que es lo más elemental, sino de discernir en el mundo espiritual. Pablo anima a seguir el amor y a procurar los dones, sobre todo el de profetizar, y todos podemos operar en ellos de maneras diversas, aunque a menudo uno se desarrolla más que otro. ¿Por qué? Por el bien común: si en una congregación de setenta personas todas fueran discernidoras de espíritus, eso no serviría para nada. El Espíritu Santo reparte los dones según la necesidad común.

El discernimiento que detuvo a un abusador

Para que se entienda, cuenta una experiencia. Una vez llegó a la iglesia un hombre que, al final del servicio, quería hablar con él. Quedaron en verse a las cinco, y apenas se sentó a su lado, el Espíritu Santo le susurró que ese hombre abusaba de niños. Se quedó frío: estaba empezando en esto y no sabía cómo reaccionar. En la plática se lo soltó, y eso lo sacudió. Eso, dice, es discernir espíritus.

Gracias a ese tipo de revelación ha podido detener a personas así, y también a gente que vende droga, incluso a grandes donadores de la iglesia: hablan con ellos, y si no hay corrección, les piden que se retiren. No quiere a alguien que le deposite miles de dólares al mes como ofrenda sabiendo que vienen del narcotráfico; si no lo remueve, dice, está condonando esa práctica.

Y lo dirige a todos: esto no es solo para pastores, profetas y apóstoles. Cada uno tiene dones específicos que necesitan desarrollarse, porque te van a prevenir grandes problemas.

«El guau de Dios»

Hay un don que para él es especialmente importante: la palabra de conocimiento. La llama «el guau de Dios». Cuando se manifiesta, la gente se queda diciendo: Dios, guau, ¿cómo pudiste decirle a ese lo que está en mi mente, lo que me pasó ayer? Y Dios usa los dones así, para alcanzar a la gente.

La mochila

Entonces cuenta una historia de familia que no había alcanzado a contar en el carro. Hace veintidós años, su hijo mayor se volvió rebelde en la adolescencia, terminó en la cárcel y, ya afuera, pasó unos seis meses muy mal.

Un día su esposa llegó del trabajo, se puso a cocinar, y el Espíritu Santo le dijo en palabra de conocimiento que fuera al carro de su hijo y le registrara la mochila. Ella obedeció y encontró un cigarrillo de marihuana. En Estados Unidos, explica, si la policía para a un muchacho de dieciséis años con eso, se llevan presos a todos los que van con él, y ese hijo a veces llevaba a sus hermanitos a la escuela. Esa palabra les evitó grandes dolores de cabeza. Su hijo se convirtió después, y hoy es otra persona.

Conocimiento y sabiduría

Las palabras de conocimiento no son solo el factor sorpresa de Dios: revelan cosas del pasado y del presente. Y los dones revelatorios van de la mano: profecía, palabra de conocimiento, palabra de sabiduría y discernimiento de espíritus. Si operas en uno, dice, puedes operar en los otros.

En la mesa alguien cuenta que eso le aclara algo que habían conversado en el carro sobre el pasaje en el que Salomón pide sabiduría y conocimiento: nunca había entendido la diferencia.

El pastor lo explica así. La palabra de conocimiento habla de ayer y de hoy, y responde el qué: qué pasó, o por qué me siento así. La palabra de sabiduría tiene que ver también con el presente, pero sobre todo con el futuro, y responde el cómo: cómo le vas a hacer.

Un buen administrador de tu pobreza

Y pone un ejemplo. Cada lunes se tomaba un café con un hombre al que discipulaba, el primero al que le dio paternidad espiritual y, curiosamente, el primero que se hizo rico. En ese tiempo no tenía un centavo: casi todo lo que entraba en su casa lo ganaba su esposa, y su negocio apenas le dejaba algo.

Ese día le mostró su plan para salir del apuro, y el pastor le dijo: qué tremendo administrador eres. La frase siguiente, dice, no era suya: «Eres un buen administrador de tu pobreza». Al hombre le cayó como una cachetada. Era el qué: por qué no prosperaba.

La palabra del cómo

Entonces vino la pregunta: ¿qué hago? Y llegó la otra palabra. El pastor se la dijo advirtiéndole que, si se equivocaba, estaba dispuesto a pagar las consecuencias: dice el Señor que saques a tu esposa del trabajo en las próximas semanas, y él te va a dar un negocio exitoso.

¿Cuánta gente, se pregunta, le daría una palabra así a un hombre tan apretado económicamente, cuya esposa es el ingreso principal de la casa? Él no conoce a un pastor que se anime, porque es un gran riesgo.

Sin santidad no hay dones

Antes de que el pastor termine la historia, James se adelanta a lo que él va a predicar, y cuenta que Dios también le ha dado conocimiento varias veces. Para él, la gente no sabe que tiene acceso a esos dones y piensa que son solo de los ministerios, y no lo sabe porque ni siquiera conoce la santidad.

La raíz, dice, está en la palabra: «Sed perfectos, como vuestro Padre es perfecto» y «Sed santos, porque yo soy santo». La obra de los discípulos de Jesús es activar los dones: sanar enfermos, resucitar muertos, liberar de demonios, e incluso hacer obras mayores. Pero solo pueden hacerlas si viven en santidad.

Añade que los dones se activan cuando el Espíritu Santo quiere, no todo el tiempo: puedes orar por sanidad por ochenta personas, y a algunas les va a suceder, quizá no en ese momento. Y plantea que los milagros son para los que no creen, porque Dios quiere revelarse. Le pregunta al pastor qué piensa.

Pan fresco

El pastor responde con franqueza: esa es la posición tradicional, y él, que creció en la religión, no está de acuerdo con mucho de eso. Hoy, dice, Dios está vertiendo vino nuevo, pan fresco. No es que sea nuevo, es fresco: hemos comido demasiado pan podrido del desierto, y el maná fresco nutre, ensancha y te hace otra persona.

Él ha llegado a un punto en el que está, en sus palabras, «absolutamente peleado» con lo que es teología y religión; dice que no funciona y que nunca ha funcionado. Lo que hay que aprender es a caminar cerca del Santo. La santidad tiene todo que ver con el Espíritu Santo: si te pegas al Santo, te hace santo. Y el Santo te revela cosas secretas de la gente, no para impresionarla, sino para ayudarla.

Lo que pasó después

Y termina la historia del café de los lunes. El hombre habló con su esposa y la sacó del trabajo un 14 de diciembre. El 31 de diciembre su negocio vendió por primera vez 2.500 dólares, más de lo que necesitaba, y a partir de enero despegó hasta el día de hoy. Para eso son las palabras de conocimiento, dice: para responder por qué no prospero.

¿Qué hizo después para asegurar ese éxito? La respuesta sale de la mesa: la obediencia. Si Dios ya te habló, hazle caso. Y el pastor muestra hasta dónde llegó esa obediencia: desde ese día y durante muchos años, la mitad de todo el ingreso del negocio se la ofrendó a la iglesia.

En la mesa lo entienden a nivel espiritual, porque todo es por fe. Y lo dicen así: no se trata de si tienes fe o no, sino de cuánta fe utilizas.

Iglesias donde se prohíbe al Espíritu

Se comenta entonces que muchos católicos, y también muchos evangélicos, no conocen al Espíritu Santo: no hay una convivencia con él. El pastor va más lejos: hay iglesias enteras en las que desde el púlpito no se le conoce. De hecho, se prohíbe: aquí no vengas con esos cuentos, nosotros no creemos de esa manera.

Y advierte de una corriente teológica que, dice, se ha diseminado por América Latina como un veneno: la que enseña que los dones ya cesaron, y que de los cinco dones ministeriales hoy solo operan los pastores y los maestros. Para él, eso es prohibir lo que sí dejaron escrito.

¿Qué es la santidad?

Alguien que vea el podcast, plantean, va a preguntar qué se necesita para llegar a ese punto. El pastor responde desde lo poco que, según él, sabe. A la santidad puede llegar una mujer, un hombre, un matrimonio, y también los niños, a quienes el Espíritu Santo llena con más facilidad, porque no están pensando en qué van a decir de ellos.

Nadie puede describir lo que hace el Santo, dice, pero cuando caminas cerca de él suceden cambios en ti. Él fue adicto durante muchos años a varias cosas y nunca pudo dejarlas; el Espíritu Santo rompió esa atadura en un ratito, y hasta hoy.

Su definición: santidad es caminar sujeto y obediente a lo que el Espíritu Santo te dice, y cuidar el templo que él llena de unción. En la medida en que lo cuidas, él te revela más. O, más concreto: el hombre debe cuidar dónde pone sus ojos. Y si dice que sabe poquito es porque todos somos niños chiquitos delante de Dios. Es un tema que el podcast ya había tratado en La santidad no es lo que crees.

«Hija»

En la mesa recuerdan que Jesús nos ve como niños y que a todos los trataba como hijos. Y aparece una escena que encanta a quien la comparte: la de la mujer del flujo de sangre. Lo primero que Jesús le dice es «hija». Según comentan, a esa mujer le habían quitado la paternidad: por su enfermedad la veían como una deshonra para la familia, y su padre la había dejado botada.

Jesús, dicen, viene por todos nosotros para darnos paternidad. Y uno tiene que aprender a caminar en ella.

El evangelio es un Padre

El pastor les hace una pregunta: ¿de qué predicaba Cristo? Mucha gente piensa que el evangelio se trata solo de Cristo, y eso, dice, es falso. La respuesta que sale en la mesa es el amor, el Padre. Y él la confirma: yo no puedo hacer nada sin el Padre. Si lees varias veces los capítulos 14 al 17 de Juan, vas a ver la cantidad de veces que Jesús habla del Padre.

Si te preguntan qué es el evangelio, casi todos repiten que son las buenas nuevas de salvación. Él propone otra definición: el evangelio, hoy y siempre, es un padre que quiso rescatar a sus niños, que se habían ido por su propia decisión, y para rescatarlos bajó él mismo. Si hubieras sido solo tú, añade, igual habría bajado a buscarte.

Criar y soltar

Entonces lanza otra pregunta, a contracorriente: ¿estarías dispuesto a morir por tus hijos? Él no, ni por los naturales ni por los espirituales. Porque paternidad, explica, no es hacerse el héroe y morir por los hijos. Paternidad es criar a los hijos y soltarlos.

Hoy sus hijos lo tratan como a cualquier amigo. Al principio le dolía, porque estaba lidiando con el nido vacío, pero entendió que para eso los crió: para que dejaran al padre y a la madre y se unieran a su propia familia. Dios no lo llama a morir por sus hijos, dice; quizás sí lo llame a morir por él.

James reconoce que la pregunta le cambia percepciones sobre su propia hija: no se trata de morir por los suyos, sino de sacrificarse por un bien común. Y el pastor resume qué es la paternidad: enseñarles a pasar de gatear a caminar, y de caminar a correr.

Nietas y límites

Hablando de paternidad, el pastor comparte algo para lo que no estaba preparado. Es lindo ver a los hijos aprender a orar, a predicar o a cantar, y luego verlos, ya adultos, enseñarles lo mismo a sus hijos; pero ver a sus nietas replicar a sus papás de chiquitos, y mejor, es otra cosa. Lo que él hace, dice, es instalarles verdades eternas; a una de ellas, por ejemplo, le repite que se va a casar de blanco.

Todo lo que hoy no se habla, insiste, los papás y los abuelos tenemos que hablarlo. Uno de los grandes problemas del hogar es que no se les ponen límites a los niños. Por eso, dice, terminamos siendo adictos: nadie nos enseñó límites, y cuando alguien intenta ponernos uno, reaccionamos: a mí no me vas a hablar así.

El propósito era su hija

James lo conecta con su propia historia. Hoy tiene claro que su transformación personal no era el propósito final: el propósito era su hija. Recuerda la promesa de que los hijos profetizarán, y cuenta que hoy su hija lleva la Biblia a la escuela.

Él creció en una cultura en la que los padres te daban educación y el resto era responsabilidad tuya; nunca hubo una responsabilidad espiritual. Hoy siente que, si Dios lo llamara ahora mismo, ya deja un legado espiritual. Y cita la palabra: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él». ¿Cómo no creer en Dios?, se pregunta.

Un llamado que se ve desde afuera

El pastor explica que las palabras de conocimiento también son herramientas que Dios usa para diagnosticar, y le pide permiso a James para decirle algo. Le da la impresión de que es alguien con intimidad con Dios, de los que no se quedan en ir a la iglesia, sino que salen queriendo más. Y le pregunta si alguna vez ha considerado ser ministro de la palabra, discipulando hombres.

James responde que está regalado para Dios: lo que él quiera, no le va a decir que no. Lo que tiene claro es lo que se les pidió a todos los discípulos: ir por todas las naciones y predicar la palabra. Se considera misionero.

Siervo, no título

El pastor le cuenta que él decía lo mismo hace muchos años, y que así dilató el llamado sobre su vida. Asociaba a los pastores con perdedores; se nombraba misionero o cantante cristiano, pero nunca siervo. Y aclara que no habla de un título, sino de alguien que sirve a Dios donde Dios lo pone, casi nunca a oscuras, sino frente a la gente, para alcanzarla. Lo que percibe en James es un llamado ministerial clarísimo, y también un camino por recorrer para que Dios lo moldee.

James responde que él mismo ya es mentor, y más que eso, padre espiritual de algunos, sin ser pastor. No necesita el título ni una iglesia: Dios le dice «apacienta mis ovejas», así sea una. Primero en lo poco.

El llamado de Daniela

Luego le preguntan a Daniela por su llamado. Lo está descubriendo, dice, y habla de un don revelatorio. Cuenta que su vida ha cambiado mucho en estos tres años: venía de otro trabajo, de viajar y gestionar una agenda llenísima, y hoy trabaja de forma independiente, muchas veces desde casa, descubriendo facetas que no podía desarrollar cuando estaba amarrada a un trabajo.

La iglesia es un organismo vivo

El pastor ve que Dios está haciendo cosas tremendamente diferentes con los creyentes y rompiendo muchos esquemas. Uno de ellos es lo que llama el fracaso rotundo de las denominaciones, y pone el ejemplo de una que nadie imaginó que caería: la bautista, que en Estados Unidos fue la gran fuerza evangélica y que, según cuenta, está cerrando miles de iglesias y ha perdido millones de miembros.

Lo que Dios les está dejando claro a quienes tienen oído para oír, dice, es que no necesita instituciones. «La iglesia no es una institución. La iglesia es un organismo vivo que atrae gente muerta y la vivifica». En la mesa lo completan: la iglesia somos todos, y juntos somos el cuerpo de Cristo.

La generación Z tiene hambre

Y hay algo que al pastor le parece lo más maravilloso: Dios está usando en el mundo entero a la generación Z. Desde la mesa se comparte que estamos en una nueva temporada: muchísimos jóvenes de Estados Unidos y de Europa están buscando la palabra, y van a llegar a Latinoamérica olas de jóvenes hambrientos. Hay que estar preparados para recibirlos, abrazarlos y darles paternidad, y para levantar hombres dispuestos a levantar más hombres.

Recuerdan un lema: salva a un hombre y salvas una familia; salva una familia y salvas una generación. Un solo hombre puede multiplicarse, como los panes: uno se levanta y cinco mil se pueden levantar. Es la misma imagen con la que James había cerrado la primera parte.

La tierra que Dios quiere sanar

Para cerrar el bloque, el pastor vuelve a la paternidad, porque es clave. La sociedad, las familias y las generaciones están bajo maldición, y lo único que las puede sanar es lo que dijo Malaquías: que el corazón de los padres se vuelva hacia los hijos, y el de los hijos hacia los padres. Eso sanará la tierra.

Y la tierra, aclara, es tu tierra y la mía: esa es la que Dios quiere sanar. Solo recibiendo al Espíritu Santo, se añade en la mesa, vamos a poder tener tierra fértil donde antes era infértil.

Ni mediocre ni con miedo

Uno de ellos lo hace personal: no quería casarse nunca ni tener familia, y hoy eso cambió. Antes vivía como un hombre mediocre, sin más aspiración que seguir consumiendo cada día, y en la mesa juegan con la palabra: medio cree, el que cree a medias.

Hoy, dice, cómo no creer que Dios le puede dar una familia numerosa, como la de Abraham. Ya no tiene miedo; tiene tanta fe que no queda lugar para el miedo, ni siquiera a dar la vida por Dios.

Un Espíritu que se mete en lo pequeño

Volviendo a la santidad para terminar, el pastor cuenta cuánto se involucra el Espíritu Santo en la vida diaria. Un día perdió las llaves, le preguntó dónde estaban, y le respondió clarito. Otra vez bloqueó una computadora al cambiar la contraseña, le pidió ayuda, y la respuesta volvió a llegar. No lo dice por presunción: si lo involucras en esas pequeñeces, él se involucra. Si lo invitas, él viene.

Pídele que te interrumpa

Hay que pedirle a Dios, dice el pastor, que nos interrumpa siempre. Ese mismo día, cuando venían a grabar, tuvieron que esperar a que la niña fuera al baño con su mamá, y él les dijo que tranquilos. Se lo había dicho a Daniela: «Yo no vivo a prisa; que estoy ocupado es otra cosa, pero a prisa no estoy». Esas interrupciones son necesarias, porque ahí está Dios. Por eso la oración: Dios, interrúmpeme todo el tiempo.

El peligro de la prisa

Para el pastor hay un peligro tremendo en la vida apresurada, que llama una enfermedad social: la corriente misma del mundo.

En la mesa lo completan con algo que se les reveló esos días: la prisa busca alejarte de tu destino, de tu propósito y de esa paternidad, mientras Jesús tiene los brazos abiertos para recibirte y decirte: hijo, ven, aquí estoy. Y nos alejamos, y nos alejamos. Es la misma idea del episodio Deja de vivir en la urgencia.

Regalado al Señor

Se despiden con ganas de seguir, porque, dicen, recién empiezan. El pastor los felicita: ve una chispa muy interesante en los dos, y le dice a James que no tiene idea de lo que Dios tiene viniendo hacia su vida.

James responde que sabe que es enorme, y que está regalado al Señor: donde él quiera ponerlo, ahí va a estar. Al pastor le encanta la frase y dice que se la va a robar. Cierran agradeciendo a Dios y al Espíritu Santo por la conversación, y con una última frase: Dios es bueno.

Lo que más se pregunta

Preguntas frecuentes de este episodio

  • ¿Los dones del Espíritu Santo son solo para pastores?

    No. Según el pastor Mario Gamas, la mayoría de la gente en la iglesia cree que los nueve dones del Espíritu solo los tienen los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, y eso es absolutamente falso. Pablo escribe que a cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el bien común, y cada creyente tiene dones específicos que necesita desarrollar.

  • ¿Cuáles son los 9 dones del Espíritu Santo?

    Pablo los enumera en 1 Corintios 12:8-10: palabra de sabiduría, palabra de conocimiento (o de ciencia), fe, dones de sanidades, hacer milagros, profecía, discernimiento de espíritus, diversos géneros de lenguas e interpretación de lenguas. En el episodio se explica que el Espíritu Santo los reparte en cada congregación según la necesidad común, y que sirven para hacer el bien.

  • ¿Qué diferencia hay entre los dones de Efesios 4 y los de 1 Corintios 12?

    Efesios 4:11-13 habla de cinco dones que Cristo le dio a la iglesia: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, los llamados dones ministeriales. 1 Corintios 12 habla de otra cosa: nueve dones del Espíritu Santo repartidos entre los creyentes para el bien común. El pastor Mario Gamas insiste en no confundirlos, porque los segundos no son exclusivos de quienes tienen los primeros.

  • ¿Cuál es la diferencia entre un don espiritual y un talento?

    El talento es una habilidad natural: cualquiera la tiene y no necesita al Espíritu Santo para usarla, como cantar o tocar la guitarra. El don del Espíritu, en cambio, no se puede operar sin el Espíritu. Según el pastor Mario Gamas, confundir los dones con habilidades naturales es el primer malentendido sobre el tema.

  • ¿Qué diferencia hay entre palabra de conocimiento y palabra de sabiduría?

    Según el episodio, la palabra de conocimiento habla del pasado y del presente y responde el qué: qué pasó o por qué me siento así. La palabra de sabiduría tiene que ver sobre todo con el futuro y responde el cómo. El pastor lo ilustra con un hombre al que Dios le mostró primero que era «un buen administrador de su pobreza» y después qué hacer para salir de ella.

  • ¿Qué es el discernimiento de espíritus?

    Es uno de los nueve dones del Espíritu. El pastor Mario Gamas aclara que no es solo distinguir el bien del mal, que es lo más elemental, sino discernir en el mundo espiritual. Cuenta que gracias a ese don supo que un hombre que había llegado a su iglesia abusaba de niños, y que así han podido detener a personas que hacían daño.

  • ¿Cómo se activan los dones del Espíritu Santo?

    En el episodio se relacionan con la santidad: caminar cerca del Espíritu Santo, obedecer lo que él dice y cuidar el cuerpo como su templo. También se dice que se manifiestan cuando el Espíritu Santo quiere, no todo el tiempo, y que conviene invitarlo a la vida diaria y pedirle que nos interrumpa, en lugar de vivir a prisa.

  • ¿Qué es el evangelio?

    La respuesta habitual es «las buenas nuevas de salvación». El pastor Mario Gamas propone otra definición: el evangelio es un Padre que quiso rescatar a sus hijos, que se habían ido por decisión propia, y bajó él mismo a buscarlos. Por eso recomienda leer los capítulos 14 al 17 de Juan, donde Jesús habla una y otra vez del Padre.

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