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Episodio 12 · 36 min

Brujería, santería, tensiones y fe: la verdad según la Biblia

James y Daniela reciben al pastor Adrián Rodríguez y a Marcos Campos para una conversación sin filtros: los intermediarios que reemplazan la fe —brujería, santería, amarres, horóscopo—, cobrar por orar, católicos y cristianos frente a frente, y el tema que más incomoda: los hombres, los pastores y los matrimonios que se caen por la lujuria.

Resumen del episodio

Los invitados

James y Daniela Moreira reciben al pastor Adrián Rodríguez, presidente de la confraternidad definida por la sana doctrina, y al predicador Marcos Campos, conocidos por su alcance en redes sociales.

Daniela lo resume al presentarlos: lo que ellos muestran es que acercarse a Dios no tiene que ver solo con la formalidad, también con el carisma. Marcos, por su parte, aclara de entrada que es un hombre casado y con cuatro hijos.

Los intermediarios que reemplazan la fe

La primera pregunta va al punto: qué piensan de la cultura ecuatoriana en cuanto a los intermediarios. Es decir, la creencia de que hay que buscar algo o a alguien para conseguir resultados, en lugar de buscar a Cristo.

James los enumera: el horóscopo para que el día vaya bien, los cuarzos, la manifestación, la magia blanca, un amarre para que esa persona se quede contigo. Y pone el precio sobre la mesa: 300, 500 dólares. La gente ya no tiene fe, quiere algo rápido, y desvía la fe hacia esos intermediarios.

La ceguera del entendimiento

Para el pastor Adrián el punto central no es Ecuador: es el mundo entero, que necesita creer fielmente en Dios sin cambiar ese principio por la cultura o el pensamiento de cada país.

Lo explica con la Biblia: el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos para que no les resplandezca la luz del evangelio. Cuando el evangelio no penetra de verdad en la vida de una persona, el enemigo la desvía de la esencia de lo que es Dios y hace que deposite su confianza en cosas que al final no tienen solución.

Y el resultado es siempre el mismo: la persona pone su confianza ahí, gasta su dinero ahí, y su vida va en decadencia. La solución es Cristo. Por eso su recomendación es directa: mejor visitar una iglesia que un centro donde se trabaja con brujería y hechicería, porque lo que un pastor va a hacer por ti es orar.

El que cobra por orar es un santero

Ahí aparece el momento más filoso de la conversación. Se menciona que también hay quien cobra por orar, y el pastor Adrián no lo deja pasar: si está cobrando por la oración, ya no es pastor, es un santero.

Y presiona para que se diga completo, sin dejarlo a medias: si es un santero, hay que decirle a la gente que no vaya. Se abre un ida y vuelta tenso, con los anfitriones acusados de tener miedo de decirlo y los invitados insistiendo en que se diga claro.

De ahí sale la frase que ordena todo el bloque: alguien que cobra por la fe sigue siendo santero.

«Hasta donde se ve, es gratuito»

El interrogatorio sigue hacia James: ¿pertenece a una iglesia?, ¿ahí cobran? Su respuesta —«no cobran, todo se hace gratuitamente, hasta donde se ve»— es justamente la que los invitados no dejan pasar. ¿Hasta donde se ve? ¿O sea que hay algo detrás de la cortina?

James cuenta su lado: lleva tres años en el evangelio, conoce a varios pastores en Ecuador —no a todos— y los considera serios; ha estado fiel a su iglesia y a su pastor, y viaja todos los meses a la iglesia hija Jesucristo la Roca, en San Mateo, Esmeraldas, a hacer misión.

El pastor Adrián le devuelve la perspectiva: quien está trabajando junto a su líder no siempre tiene el panorama completo, mientras que ellos, dándole la vuelta al patio, ven lo que se hace en muchos lugares.

La conversación sobre ser católica

El turno de Daniela llega con una pregunta directa: ¿dónde se congrega? Ella responde que es católica, apostólica y romana, y sigue un intercambio incómodo sobre qué significa eso realmente.

Su posición es clara: cree en Jesús, no en María. María es la madre de Jesús y se venera como tal, pero no se adora, porque ella no salva. Ella se define cristocéntrica, y pide algo concreto: que no metan a todos los católicos en el mismo saco.

La tensión se nombra en voz alta. Daniela dice que se siente un poco presionada —una mujer sentada frente a tres hombres de fe—, y los invitados le piden disculpas y aclaran su intención: conversar entre un católico y un cristiano pentecostal demuestra que se puede dialogar. Como cierran ahí mismo: lo que los une a los cuatro es Jesús.

Vivir juntos, poliamor y doble vida

La conversación vuelve al eje: las distracciones que no dejan caminar hacia Cristo, y en concreto la unión familiar. La gente quiere vivir junta sin casarse, o quiere poliamor.

Para el pastor Adrián eso tiene un nombre: doble vida. Son personas que no quieren tomar una decisión firme sobre lo que realmente quieren.

El problema que nadie quiere nombrar

Y avisa antes de decirlo: abróchense el cinturón. Su diagnóstico, dicho sin ningún filtro, es que la mayoría de los hombres tiene un problema con el impulso sexual. No pueden ver una falda —ni en una tienda, ni en un maniquí— sin que la mente haga el resto.

El problema llega hasta hombres casados que se presentan como casados y aun así no respetan a su esposa. Y no es solo de ellos: hay mujeres que saben que ese hombre está casado, y hombres que saben que esa mujer lo está, y tampoco respetan.

La pregunta que lanza es incómoda a propósito: ¿qué busca un hombre casado escribiéndole a una mujer a las tres de la mañana? Una persona que se respeta no pasa veinte minutos conversando con alguien de algo que no es trabajo ni negocio; lo que se busca ahí es una brecha por donde entrar y dañar ese matrimonio.

«Usted no es hombre»

De ahí pasa a lo que más lo indigna: hombres con cuatro, cinco, siete hijos que un día dicen que la mujer ya no les gusta y la sueltan. Después de que esa mujer parió a esos hijos, muchas veces por cesárea, y pasó de todo para sacarlos adelante.

Su veredicto es tajante: el hombre que tiene hijos y abandona a su mujer no es hombre y no sabe lo que es serlo, porque el hombre de verdad enfrenta la situación que haya dentro de su matrimonio y responde por sus hijos.

Y suelta una todavía más fuerte: hombres que tuvieron hijos antes de convertirse, que después se casaron dentro del evangelio y formaron otra familia, y abandonaron a los hijos del mundo sin mandarles ni para la leche. A esos los llama abusadores, aunque los domingos estén tocando la guitarra.

Los que se esconden detrás de un ministerio

El señalamiento sube de nivel y apunta al púlpito: pastores y evangelistas a los que ya no les gusta su mujer. Evangelistas que viajan y se quitan el anillo de bodas para que nadie sepa que están casados.

El objetivo, dice, es terminar en un hotel con mujeres, y menciona país tras país. Hombres que se esconden detrás de un ministerio, detrás de un soplo, detrás de una lengua, detrás de un conocimiento.

11.000 matrimonios pastorales al año

James aporta un dato para profundizarlo: 11.000 matrimonios de pastores se divorcian cada año solo en Estados Unidos. No es una cifra mundial.

Su lectura: Satanás está moviendo todos sus títeres y toda la lujuria para separar y destruir la familia desde la cúpula misma de la iglesia. Si la desintegración de una familia normal ya es destructiva, imagínate el poder destructivo de una iglesia que se parte, y que se parte, y se multiplican las divisiones.

El enemigo pone el deseo, tú decides

La respuesta del pastor Adrián a qué hacer con eso empieza recordando algo simple: el enemigo no te baja la ropa. Pone el deseo, y tú decides ejecutarlo, porque existe el libre albedrío.

Y describe el mecanismo dentro de la iglesia: se abusa del poder que se tiene, llega una muchacha que se ve bien y de una vez la quieren en la oficina «para darle seguimiento». Ahí entra el enemigo y empiezan a destruirse matrimonios. La cabeza que está para poner el ejemplo es la primera que se va detrás de la tentación.

Pero la tentación en sí no es el problema: todos van a ser tentados, hasta Jesús lo fue, y respondió con la palabra. Él mismo lo admite: «yo también recibo tentación; malo soy yo si cedo y decepciono a mi familia».

Vivir del don sin orar

Su indicación para los pastores es concreta: cuando el enemigo venga disfrazado, frenarlo. Tienes una mujer: ora, ayuna, mata la carne.

Porque el problema de fondo es que hoy se vive del don. Adoradores y pastores que ya no oran porque tienen un don, y del don viven. Por eso caen ante la primera tentación. Hay que someterse a Dios, hacer nueva cada mañana la palabra y renovarse como las águilas.

Y hay una responsabilidad compartida: cuando invitas a alguien no sabes si oró, si buscó de Dios, si está en pecado en su iglesia. Si por su fama lo metes igual, te haces partícipe. La iglesia también tiene que orar por eso.

Cambiar el evangelio por la fama

Otro señalamiento: se está rechazando a las ancianitas de antes, las que cuidan la iglesia y las que oran, para poner adelante a la nueva, a la más bonita, a la que se maquilla bien.

La comparación que usa es Ester: no se maquilló ni hizo nada, y Dios puso gracia en ella. El diagnóstico es que hemos cambiado el evangelio por la fama y por el don, y de ahí sale el abuso: hay gente que si no fueran famosos ni los miraría.

Matrimonios que no se unen por amor

El pastor Adrián agrega otra capa: el enemigo busca destruir dos cosas sobre todo, la iglesia y el matrimonio. Y no es casual, porque lo único con lo que la Biblia compara el matrimonio es con la iglesia.

Si un matrimonio que es de Dios y que luchó para establecerse ya tiene guerra, imagínate uno que se unió por negocio, por conveniencia, por apellido o por dinero. Su afirmación es dura: la mayoría de las uniones no se dan por amor, sino por beneficio, porque donde no hay beneficio no entran.

Las debilidades que nunca se llevaron a Dios

Y llega a su punto de cierre, que apunta a todos —pastores, evangelistas, profetas, predicadores y también al pueblo—: la mayoría carga debilidades profundas que nunca le expresó a Dios de rodillas.

Precisamente esas debilidades, por no haberlas llevado a la presencia de Dios, son las que el enemigo usa en un momento determinado para tumbarlos.

Por eso el deber es la prudencia: si sabes de dónde vienes y qué te dominaba antes, y sabes que todavía lo arrastras porque no has entrado en una intimidad profunda con Dios, tienes que cuidarte. Ser tentado no es pecado; el punto central está en ceder.

Niveles de obediencia y dominio propio

Daniela pregunta lo práctico: cómo se refuerzan entre varones, cómo llevan cautivos esos pensamientos. La respuesta no es solo orar: son niveles de obediencia con Dios.

Porque humanamente hay guerra y hay ofertas a diario. Lo que sostiene es lo que dijo Pablo: Dios no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. Ese dominio propio significa que, aunque veas, ya no se te van los ojos.

Marcos lo pone en primera persona sin fingir invulnerabilidad: no se va a presentar como un extraterrestre que no siente nada. Ha sido tentado y le han escrito, pero no ha cedido. Su razón es simple: cuando tienes lo tuyo, estás seguro. Y añade que las tentaciones no son solo de lujuria: también las hay financieras, antes, durante y después de la obra.

Discernimiento: no toda mirada es lo mismo

La conversación entra en el terreno del discernimiento. Hablan de miradas que desnudan, de intenciones que se notan, y el pastor Adrián se cuida de aclararlo para que no se malinterprete: no toda mujer que te mira quiere algo contigo.

También afirma haber visto, en todas partes del mundo, personas bajo opresión espiritual, y describe cómo dice reconocerlo. Es la parte más fuerte del episodio, y queda planteada como discernimiento, no como sospecha generalizada.

«Yo estoy empezando»

Al preguntarles cuánto tiempo llevan caminando en el evangelio, la respuesta es 24 y 23 años. Y aun así, la respuesta a si se consideran bebés espirituales es que sí: están aprendiendo, dando pasos, aprendiendo de todos los presentes.

La frase con la que lo cierran: el que se cree sabio no sabe nada.

El niño que se vendió a sí mismo

Antes de terminar presentan el libro de Marcos Campos, «El niño que se vendió a sí mismo»: una historia de mucho trabajo, mucho dolor y mucho sufrimiento en la que, al final, Dios siempre tiene una salida.

La invitación es para quien está pasando por un momento difícil y cree que no hay solución. James y Daniela ya lo tienen y lo están leyendo.

El cierre: seguimos amándonos

El episodio cierra con agradecimientos y con la puerta abierta a una segunda parte. Daniela les desea un buen retorno a su país, y James lo remata sin esquivar la tensión que hubo: «seguimos amándonos aunque sean católicos», reconociendo además que lo que ellos hacen en redes llega a muchos jóvenes.

La despedida deja la idea de fondo: todo pasa por algo y todo pasa para bien. Dios es bueno siempre.

Lo que más se pregunta

Preguntas frecuentes de este episodio

  • ¿Qué dice la Biblia sobre la brujería y la santería?

    Que son intermediarios que ocupan el lugar que le corresponde a Dios. El episodio habla de amarres, horóscopo y santería como atajos que prometen control y terminan cegando el entendimiento. La fe cristiana no necesita intermediarios: el acceso a Dios es directo, por Cristo.

  • ¿Está bien cobrar por orar?

    En el episodio la respuesta es tajante: quien cobra por orar está actuando como un santero, no como un creyente. La oración es un acto de fe, no un servicio con tarifa, y convertirla en negocio la vuelve otra cosa.

  • ¿Por qué se habla de lujuria en un episodio sobre brujería?

    Porque el tema de fondo es el mismo: las debilidades que nunca se llevaron a Dios. La conversación pasa de los intermediarios externos a los internos, y ahí aparecen los hombres, los pastores y los matrimonios que se caen en silencio.

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