Episodio 14 · 56 min
Fiestas, alcohol y vivir de un hombre: el vacío que solo Dios llenó
Luisa Cruzati cuenta el año en que se enfiestaba de jueves a domingo para no pensar, la relación rota que la quebró y el vacío que seguía ahí cuando llegaba a su casa. Habla sin adornos de la ausencia de su padre, de la mujer de alto valor que el mundo vende, de vivir de las costillas de alguien y del desierto que empezó al día siguiente de decidirse por Dios. En la segunda mitad: hipergamia, love bombing, por qué congregarse y su ministerio hoy.
Resumen del episodio
La invitada: Luisa Cruzati
James Pratt y Daniela Moreira reciben a Luisa Cruzati, la primera invitada ecuatoriana del programa, para que cuente su vida y su testimonio hasta llegar a los pies de Cristo.
Ella agradece la invitación y admite lo que le pasa por dentro cada vez que le abren un micrófono: la mente le dice que quizás no es el momento de hablar, que todavía es una bebé en estos caminos. Pero acepta igual, porque siente que el Espíritu Santo le repite lo contrario: tienes que contar lo que Dios hizo contigo.
Buscar a Dios no es buscar la perfección
Le preguntan qué le pareció el nombre del podcast y responde que le causó curiosidad, porque es justo lo que su pastor enseña: se suele confundir buscar a Dios con buscar la perfección, y es exactamente al revés.
Quien busca a Dios lo busca porque sabe que necesita ayuda, porque sabe que hay cosas que mejorar, porque se sabe imperfecto y quiere sanar esas áreas.
James lo confirma: uno cae mil veces, y esos errores son parte del camino. El único ser humano perfecto fue Jesús, y lo que se sigue es ese modelo.
Luisa cuenta que al principio no entendía por qué los que siguen a Dios repiten tanto «no soy merecedor», «soy imperfecto». Lo entendió al vivirlo: por más que uno busque agradarle a Dios cada día, igual cae, aunque sea en lo mínimo, aunque sea en la mentirita que uno llama piadosa. Por eso el que busca a Dios vive arrepintiéndose. Y ahí, dice Daniela, es donde empieza el camino a la santidad.
27 años, y meses caminando
A la pregunta de cuánto lleva en el camino, la respuesta es corta: meses. Tiene 27 años y siente que todavía es una bebé de Dios, pero una a la que él ha llevado de la mano en cada paso.
Y avisa lo que casi nadie dice: hay gente que romantiza el caminar con Dios y cree que todo va a ser perfecto, cuando en realidad viene con partes dolorosas.
El año del colapso
Luisa llegó a un punto en que nada del mundo la llenaba. Venía de una relación totalmente rota que la quebró, y quiso llenar ese vacío con lo que tenía a mano: fiestas, alcohol, hombres. Fue un año entero de desastre.
Se enfiestaba de jueves a domingo para no pensar en su realidad, para no pensar en ese vacío. Pero cuando caía la noche y llegaba a su casa, el vacío seguía ahí. Y venían las noches llorando, con depresión, diciendo: «Dios, no entiendo qué más necesito».
Lo que no sabía entonces es lo que hoy repite: ese vacío solo lo llena Dios.
Cuenta también que a diario le escriben por redes tres o cuatro personas para decirle «me siento como tú te sentías, ¿cómo hiciste para salir de ese hueco?». Por eso habla.
Los tatuajes y el juicio de los que miran
Sale el tema de los tatuajes, que ella tiene y que James también. Luisa recuerda un video suyo en Instagram donde decía «no te tatúes» como gancho, aunque el mensaje completo era otro: no te tatúes si tienes 20 años o menos, porque en la juventud uno toma decisiones de las que a largo plazo se va a arrepentir. La gente se quedó con el pedacito y llegaron los comentarios.
También llega la crítica previsible: cómo va a ser cristiana si tiene tatuajes. Y ahí aparece el punto que ordena todo el bloque: cuando uno empieza a caminar con Dios, la gente lo va a buscar con lupa para criticarlo.
Daniela lo nombra: los que están en el mundo creen que porque ya estás con Dios te crees perfecto. Y como no tienen la voluntad de conectar con Dios que tú sí tienes, se sienten abrumados y prefieren atacarte en lugar de unirse.
James suma su parte: se tatuó a los 33 años, ya conociendo el camino, y esa noche el tatuaje se le levantó en la piel como si fuera 3D. Al día siguiente estaba normal, pero él lo entendió como una reprimenda clarísima y no se tatuó nunca más.
«Ya esta se volvió religiosa»
Cuando Luisa empezó a vestirse distinto, la lectura del entorno fue inmediata: se volvió religiosa, le empezaron a prohibir cosas.
Su respuesta es tajante: en su iglesia jamás le dijeron cómo vestirse, jamás la señalaron por eso. Lo que cambió fue un sentir que el Espíritu Santo puso en ella. Hoy se siente incómoda con un vestido muy pegado o con un escote, y hasta con el traje de baño se lo piensa. Ella, que amaba andar en tanga y que para ella mientras más piel se viera mejor.
Lo que aprendió de su pastor es lo que sostiene ese cambio: siendo imperfectos, cuando uno busca relación con el Padre, él va poniendo poco a poco el sentir de ir soltando lo que está mal. Nace de adentro, no se impone desde afuera.
La vida cronometrada
Le preguntan qué estaba mal en ella, y responde que todo. Siempre sintió que tenía un potencial grande, que Dios la creó para cosas grandes, pero no encontraba cómo llegar ahí.
En cambio sí tenía un plan, y muy detallado: a los 20 estudiando y con trabajo estable, a los 25 una relación de cinco años, a los 26 casada, a los 27 con hijos. Cronometrado. Y sin importar si la persona era o no era la indicada.
La conclusión la dicen entre los tres: Dios se ríe de esos planes, porque los suyos son más perfectos.
La ausencia del padre
Luisa creció con la ausencia física de su padre, y ese vacío enorme se lo intentó llenar con relaciones. Sin darse cuenta, les exigía a sus parejas que actuaran como un padre. Y siempre volvía al mismo punto.
Vivió victimizada: cuando le preguntaban por su papá se le hacía un nudo en la garganta y ni podía responder. Le echaba la culpa a esa ausencia hasta de cosas que eran decisiones suyas.
Hoy dice que Dios sanó esa herida. Y lo más increíble, para ella, es lo que pasa cuando empiezas a verlo a él como Padre: sana cosas que uno intentó sanar con el mundo sin ninguna posibilidad de lograrlo. Hoy mira a su papá con ojos de amor y de comprensión.
Sin Dios, la vida no viene con manual
Su explicación de por qué su casa fue como fue es sencilla: sus padres crecieron en una relación del mundo, sin la palabra para regirse. Su papá le fue infiel a su mamá con la mejor amiga de ella.
Y de ahí sale una de las frases del episodio: sin Dios la vida no viene con un manual; con Dios sí, porque la Biblia es ese manual.
También reconoce lo que ve hoy en su papá: toda decisión tiene consecuencias, y las suyas lo llevaron a consecuencias de salud, económicas y de relación con todos sus hijos, porque fue ausente con todos. Lo que se siembra se cosecha. Ella trata de ser comprensiva, de darle siempre una palabra y de decirle que ponga sus cargas en Dios.
Ser padre no es ser hombre de familia
James aporta el matiz que ordena esa historia: hay anhelos en el corazón, y tal vez el anhelo que su papá no tenía era el de hacer familia.
Tuvo el rol de padre, aunque ausente, pero no el de esposo ni el de hacer un hogar. Una cosa es ser padre y otra muy distinta es ser un hombre de familia.
El miedo a traer un hijo al mundo
Eso marcó a Luisa de una forma concreta: su temor más grande era tener un hijo. Llegó a pensar que quizás era mejor no tenerlo, porque sentía que no terminaba de conocer a una persona que valiera la pena para formar una familia. Vivía con el miedo de que ese hijo creciera como creció ella.
Hoy lo ve distinto: entiende que el plan de Dios es que uno sea fructífero, se multiplique y forme un hogar. Y espera en el tiempo de Dios a su idóneo.
Cómo la atacaba el enemigo
Cuando James le pregunta directamente cómo influía el enemigo en su vida antes, la respuesta es: en todo ámbito.
Primero, soportando cosas en sus relaciones, con el razonamiento de que como no tuvo un padre quizás le tocaba aguantar para mantener la relación y poder crear una familia. Después, el pensamiento contrario: para qué formar una familia, mejor busca dinero.
¿Y cómo se busca dinero desde ahí? Saliendo con personas que lo tuvieran. Llegó a pensar que el propósito de esta vida es que el que más tiene es el que más puede, y a hacerse valorar por el dinero de su pareja.
Lo que Dios le mostró después es la parte incómoda: hay situaciones en las que uno no es la víctima. Ella vivía en el papel de víctima, cuando hoy reconoce que muchas cosas fueron consecuencia de sus propias decisiones. Vivía un desastre que había elegido, no uno que le impusieron.
Las redes sociales y la comparación
Otro frente de ataque, dice, son las redes sociales, y sobre todo entre los jóvenes. Ella vivía comparándose: esa chica viajaba y ella quería viajar, esa chica se compró algo y ella lo quería, esa chica se veía de una forma y ella se quería ver así.
Es increíble, resume, cómo terminamos queriendo una vida que a veces ni siquiera podemos costear.
Daniela lleva el punto a las consecuencias que se ven en las niñas: la delgadez extrema, la moda, la sexualización a edades cada vez más tempranas, chicas de 14 años vestidas de una forma que ninguna de las dos usaba a esa edad. Por eso insiste en usar las redes con inteligencia y dar un mensaje que sume.
Generaciones bendecidas o generaciones maldecidas
Daniela trae el marco bíblico: las generaciones pueden ser bendecidas igual que pueden ser maldecidas, hasta la cuarta generación.
De ahí que las decisiones de hoy —empezando por con quién te unes— sean clave: de eso depende que lo que venga detrás herede un linaje limpio y tierra fértil.
«¿Qué evangelizabas antes?»
La pregunta de James es incisiva, y Luisa no la esquiva: ella era parte del círculo. Promovía que mientras más tienes, mejor; que mientras más viajas, más exitosa eres; que mientras más sales con gente pudiente, mejor.
La mujer de alto valor
Ahí entra el tema que atraviesa el episodio: la hipergamia y la llamada mujer de alto valor.
Daniela describe la versión que vende el mundo: bien vestida, con la cartera cara, el cabello perfecto, los diamantes, el cuerpo perfecto, el maquillaje perfecto. Todo perfecto aparentemente, porque eso es lo que hace el enemigo. Pero por dentro puede no haber ningún valor, y puede estar con un hombre de dinero de dudosa procedencia, sin valores, con un vocabulario desastroso. Y la lengua tiene poder: maldice o edifica.
Luisa cuenta el efecto que eso tiene en las jóvenes: chicas queriendo salir con narcos, con gente de dinero turbio, para llegar rápido a lo que tienen las influencers que siguen y admiran.
El concepto, dicen, está completamente tergiversado. Se volvió superficial: la que más dinero tiene, la que más viaja, la que más joyas tiene. Y la definición que ponen en su lugar es otra: una mujer de alto valor es la que busca sanar, la que busca de Dios, la que busca santificarse, la que busca mejorar día a día, la que busca formar un hogar.
En simple: una mujer de alto valor tiene valores, no antivalores. Y tiene una relación con Dios.
El cuerpo es un templo
De ahí pasan al cuidado del cuerpo, que Luisa nunca había visto así. Desde que empezó a caminar entendió que el cuerpo es el templo donde habita el Espíritu Santo, y que hay que tratarlo como un hogar: la alimentación, la vestimenta, el gimnasio, lo que escucha, lo que habla, lo que ve.
Dejar el reggaetón y el vallenato
Su cambio fue radical a propósito. Venía de una vida desastrosa, así que cuando decidió acercarse a Dios lo hizo de golpe: dejó el reggaetón, con el que amanecía y dormía; dejó el vallenato, con el que se hacía sus despechos; dejó el alcohol; dejó las fiestas.
No fue una imposición, fue una decisión propia: eso ya no la llenaba y quiso ver qué diferencia notaba. Hoy se levanta y se acuesta escuchando alabanzas, y dice que hasta el ánimo le cambió.
El diagnóstico que hacen los tres es el mismo: lo que entra por los oídos se queda en la mente. Las letras del reggaetón denigran a la mujer y en ellas no existe el amor ni el respeto. Y las del vallenato, dice Daniela, son cortavenas: te crean un despecho aun estando soltero. Cuando te sientes pesado, resume Luisa, es porque tu cuerpo ya no lo soporta.
La sunamita
Luisa recomienda una canción, «La sunamita», y cuenta la historia bíblica que hay detrás. Una mujer preparó un cuarto en el piso de arriba de su casa para que el profeta Eliseo se quedara allí cada vez que pasara.
Ella anhelaba un hijo y no había podido tenerlo. El profeta le anunció que lo tendría, y ella —de puro miedo a perderlo— le respondió que prefería no recibirlo. Aun así, al año siguiente el hijo estaba ahí.
Un día el niño salió a trabajar con su padre, le empezó a doler la cabeza y murió. El esposo quería llevarlo al médico; ella no: lo llevó a la habitación del profeta y lo acostó en esa cama. Fue a buscar al hombre de Dios, y el niño resucitó.
La letra de la canción, cuenta Luisa, dice algo así como «quiero ser la sunamita, que tú vivas en mí, que esta sea tu casa, he limpiado este templo para ti».
«Aún me falta pecar mucho»
James lo conecta con el presente: él no sabe qué está haciendo cada día, pero Dios sí lo sabe, porque ya está escrito. Y lanza la advertencia al que está viendo: Dios te está buscando y está tocando la puerta; si lo dejas para después, lo que entra es otra cosa.
Luisa remata con una historia. Un cantante colombiano de música popular repetía en cada entrevista que él iba a terminar cantando para Dios, pero en unos diez años. Llegó a decirlo textual: «a los 35 me retiro y empiezo a cantar para Dios, aún me falta pecar mucho». Meses después murió en la caída de una avioneta.
La conclusión es la que a los tres se les pone en el cuerpo: vivimos confiados en que hay un mañana.
«Pero vive la vida»
Luisa cuenta que ha tenido conversaciones confrontantes con gente que le dice: ¿qué tiene de malo ir a una fiesta?, ¿Dios no quiere que nos divirtamos?
Su respuesta es que sí, Dios quiere que goces, pero de una forma respetuosa y ordenada. Puedes tener gozo siguiendo a Dios; no necesitas una fiesta ni alcohol para tenerlo.
Cambiar de número de teléfono
El cambio de círculo social fue radical. Tanto, que llegó a cambiar de número de teléfono.
Su razón es honesta: en esa agenda había demasiados contactos que la invitaban a viajes, a fiestas, a todos lados, y sabía que con ese número en algún momento iba a caer. Y cita el principio que aplicó: Dios no te dice «quédate frente a la tentación», te dice huye.
El desierto empezó al día siguiente
Cuando le preguntan cuándo empezó su desierto, la respuesta es inmediata: al día siguiente de empezar a seguir a Dios.
Porque su primer pensamiento fue el error de siempre: ya hice desastre en el mundo, ahora sigo a Dios y todo va a ser perfecto. Y se llevó el estrellón.
Cuando uno empieza a seguir a Dios, dice, él te pone todo sobre la mesa: hay que cambiar esto, soltar esto, mejorar esto. Y esa es la parte más difícil, confrontarse a uno mismo.
Soltar la dependencia
Luisa se define como una mujer que había sido muy vanidosa: le gustaban los lujos, vivir en una casa con piscina, vivir supercómoda. Y era económicamente dependiente de un hombre, alguien que llegó después de la relación que la quebró y que no estaba en el camino.
Al acercarse a Dios decidió soltar a esa persona, porque sabía que no era lo correcto, que no la edificaba y que no estaba bien vivir de las costillas de nadie. Y le tocó adaptar su economía a lo que ella ganaba. Ahí, dice, entró el desierto.
La venta que no llegó
Hay una escena que lo explica todo. Luisa vende ropa por Instagram y publica por historias. La primera venta que hizo ya en el camino la puso en oración: «Dios, pongo mi trabajo en tus manos».
Ese día vendió un solo vestido, cuando normalmente se le agota todo rápido. Terminó el día molesta con Dios, reclamándole.
Y a los minutos llegó la respuesta que la ordenó: quieres que Dios te abra puertas, pero no quieres soltar lo que sabes que no está bien. Porque seguía aceptando dinero de la persona que la mantenía.
La pregunta que le quedó fue esa: ¿cómo quieres que te bendiga y te abra puertas si sigues dependiendo de otras cosas y no de mí? Y cuenta que le pasa a varias amigas suyas, a las que les cuesta estar del todo con Dios porque sus negocios son cosas que no lo honran.
El departamento con piscina
La siguiente cosa que le tocó soltar fue dónde vivía. Después de la separación había pasado un tiempo en casa de su hermana, y de ahí se mudó sola a un departamento hermoso, con piscina y gimnasio, de 1.000 dólares al mes para ella sola.
Soltarlo le costó lágrimas: estaba tan acostumbrada a la comodidad que le pesaba mudarse otra vez, empezar de cero, ir a un lugar más pequeño y adaptarse. Pero lo dejó en manos de Dios, y él mismo puso el lugar donde vive hoy: mucho más económico, mucho más pequeño, sin piscina ni gimnasio, cómodo y suficiente para este momento.
Ella lo tiene claro: ese no es su lugar definitivo, es el lugar donde le toca vivir su desierto para prepararse.
Y la provisión llegó por el otro lado: hoy es independiente, trabaja sola de lleno con redes sociales, le llegan marcas y publicidad, y su economía es estable. Cuando soltó todo, dice, Dios le dijo «ahora que dependes de mí, yo abro las puertas».
Soledad y solitud
Daniela le devuelve su propia experiencia de vivir sola, en una etapa que pasó frente al mar y en la que se sintió consentida por Dios, con una economía que ya no venía de nadie más. Su consejo es de equilibrio: no es que Dios no quiera darte lo mejor; es que hay etapas, y cada momento suyo es perfecto.
Y le deja la distinción que atraviesa el cierre: la soledad no es lo mismo que la solitud. La solitud es tu momento con Dios, donde no necesitas salir con nadie, ni aprobación masculina, ni que alguien esté pendiente de ti a cada rato. Hay que aprender a estar sola con una misma y saber que el amor verdadero, el que es para siempre, es Dios.
El desierto es preparación, no castigo
Luisa lo cierra con lo que viene reflexionando: solemos ver el desierto y el proceso como una parte dolorosa, y no lo es. Es una preparación necesaria.
Y lo dice con una honestidad que resume el episodio entero: si Dios le diera hoy las bendiciones que quiere darle, ella no estaría preparada para administrarlas. Le falta madurar en muchas cosas, y esa es justamente la obra del desierto.
Al inicio entras solo, después Dios te pone el ejército
James cuenta cómo se rompió esa soledad en su caso: primero una comunidad de hombres orando por él, después los viajes a Esmeraldas, después una iglesia entera congregándose y orando también, y hasta pastores puestos a su diestra como defensores. Dios, dice, te blinda con todo el cuerpo de Cristo.
De ahí sale la idea que ordena el bloque final: al inicio uno entra solo, y esa parte es de intimidad. Pero después llega la necesidad, y aunque no lo busques, Dios te pone a tus hermanos en el camino, porque todos somos parte del mismo cuerpo. Al inicio es la intimidad; después viene el ejército.
«¿Y para qué ir a la iglesia?»
Luisa cuenta que ese es uno de los temas más controversiales en sus redes desde que cambió su contenido. La objeción se repite: se puede tener relación con Dios sin ir a la iglesia; en la iglesia te piden dinero; hay que diezmar, hay que ofrendar.
Su respuesta va a lo concreto: si el lugar es alquilado hay un alquiler que pagar, y hay luz y hay agua. Todo requiere un gasto. Y la ofrenda no tiene un valor fijado: se ofrenda lo que nace del corazón.
Pero el motivo de fondo es otro: en la iglesia Dios pone a las personas correctas para tu camino. Ella lo ha visto con amigas que fueron a otras iglesias y no se conectaban ni se sentían cómodas, y que al llevarlas a la suya el Espíritu Santo se manifestó en ellas desde que entraron.
La energía del concierto
Daniela lo explica con una comparación que se entiende de inmediato. En un concierto, toda esa gente está entregando su energía. ¿A quién?
Lo mismo, dice, pasa al revés cuando perteneces a una iglesia y te reúnes con otros en el nombre de Jesús. Por eso no basta con «yo en mi casita creo en Dios»: hay que unirse con personas que estén creyendo en ese momento en Jesús, porque ahí está la fuerza.
Y remata con el contraste incómodo: por una entrada de concierto se pagan 200 o 300 dólares y nadie se queja, sin saber a dónde se está entregando eso.
La iglesia como universidad
Luisa añade su forma de verlo: la iglesia le funciona como una universidad, por la cantidad de cosas que aprende. Entra un domingo con un pensar y sale con ese pensar transformado y convertido en acciones.
Lo que más valora de su pastor, Michael, es que no solo enseña la palabra: enseña cómo aplicarla en el diario vivir. Porque a veces se va a la iglesia solo a buscar un mensaje bonito, sentirse en paz, salir y seguir igual. No es lo mismo que recibir dirección: qué cambiar y cómo accionar.
El don que se usaba mal
James le devuelve el marco de por qué está sentada ahí: el propósito de ella y el de ellos es el mismo, y el don compartido es la comunicación. Antes ella usaba esa comunicación de forma incorrecta, y Dios la sacó de ahí para que hable de él, para que la gente la siga por él.
Y deja una advertencia sobre lo que va a encontrar: testimonios hay muchos e iglesias hay muchas, buenas y malas. Por eso hay que mantener los ojos puestos en Dios y no en el humano, porque el humano falla. «Vi que el hermano falló, entonces esto está mal» es un pretexto.
La hipergamia no es mala: se corrompe
Daniela retoma el tema de la mujer de alto valor para precisarlo, y ahí aparece la palabra: hipergamia. La define como la tendencia de la mujer a fijarse en un hombre que está en otro estatus, sea económico, cognitivo o de habilidades.
Y hace la distinción que le faltaba al bloque anterior: la hipergamia en sí no es mala. Se corrompe cuando lo único que se busca es el dinero, y por eso se ven mujeres hermosas junto a hombres desastrosos. Deja de estar corrompida cuando lo que se busca es un hombre fuerte, con valores, capaz de ser cabeza de hogar.
Su lectura de fondo: la naturaleza del hombre es proteger y proveer, y la mujer es refugio. Por eso la responsabilidad de escoger bien, sin dejarse envolver por lo que alguien pueda prometer en un mes.
Qué es el love bombing
Luisa lo traduce en palabras simples: hay personas que llegan a tu vida y te ofrecen de todo, te bombardean de amor. Que nos vamos a casar, que eres la persona perfecta para mi vida, que te voy a dar esto, que te regalo esto.
El mecanismo que describen es este: quien hace eso muchas veces viene de una ruptura y no está listo, y la otra persona termina siendo un parche.
Y hacen la aclaración justa: no es solo cosa de hombres, las mujeres también lo hacen.
«Yo merezco esto». ¿Y tú qué ofreces?
De ahí Luisa lleva la conversación al único terreno donde uno puede hacer algo: trabajar en uno mismo. Vivimos diciendo «yo merezco esto», y la pregunta que falta es qué ofreces tú.
Daniela lo cierra en una frase: cuando estás vacío vas a encontrar a una persona vacía, y cuando estás lleno de los valores de Dios vas a encontrar a alguien igual. Todo lo demás viene por añadidura.
Y Luisa vuelve a ponerse a sí misma como ejemplo, sin rebaja: muchas de las cosas por las que se victimizó fueron culpa suya. Ella también falló, también hirió, también lastimó. Vivimos tan enfocados en victimizarnos y en merecerlo todo que no mejoramos. Antes de pensar en subir el estatus de pareja hay que aceptar que uno tiene cosas por sanar.
Un manual para cada etapa
Daniela añade que el trabajo no termina en la versión de uno mismo de hoy, porque vienen otras: aprender a ser hija, aprender a ser mujer, aprender a ser amiga, aprender a ser esposa, aprender a ser madre.
Y para cada etapa está el mismo manual. Uno dice «ya me leí la Biblia», pero al entrar en una etapa distinta la lee de una manera distinta: se adapta a lo que estás viviendo hoy.
El futuro, entregado
Cuando le preguntan cómo se ve hacia adelante, Luisa responde desde el cambio más grande que hizo: era una persona que quería tener toda su vida bajo control, y hoy sabe que el único que sabe qué va a pasar cuando salga de ese lugar es Dios.
Se levanta entregándole el día, y él administra hasta el día. Lo cuenta con lo que le acababa de pasar: se acostó diciéndole a una amiga que al día siguiente iba a poder descansar porque solo tenía la grabación del podcast, y llevando ya una semana de ayuno con oración a las tres de la mañana. Al día siguiente le avisaron que tenía una reunión a las cuatro y que en la noche salían a evangelizar en las calles. «Dios, ya no descansé, ya me encargo de hacer tu propósito».
Su ministerio hoy es evangelizar
A la pregunta directa por su ministerio, la respuesta es esa: evangelizar. No sabe si Dios la cambiará de ministerio o la hará más fuerte en este, y eso también lo deja en sus manos.
Su lectura es que nada es casualidad: las plataformas que en su momento usó para mal siempre estuvieron destinadas a usarse para él. Le decían que iba a perder seguidores y likes por dejar de mostrar cuerpo y ponerse a hablar de Dios, y en menos de 15 días subió unos 10.000 y pasó los 300.000. Gente que llega con hambre de Dios y le escribe para preguntarle qué está leyendo en la Biblia, y ella comparte lo que lee.
Ser luz en el mundo virtual
James lo amplía: si el enemigo usa las redes sociales para la pornografía, para la vanidad y para todos los pecados capitales, lo que toca es ser la contraparte y llevar el ejército de Dios a evangelizar ahí, donde está lo oscuro.
Y cita lo que da la medida del trabajo: la mies es mucha, pero los obreros son pocos. Hay mucho por hacer y muy pocos para hacerlo, así que lo que corresponde es potenciarse juntos y seguir sembrando, porque después otros cosecharán.
Llevar la iglesia a las casas
La idea concreta con la que cierran es esa: llevar la iglesia a las casas por medio de las redes, hacer directos, hablar de la palabra, enseñar a la gente a leerla. Porque a Dios se lo escucha leyendo la palabra, hablándola y oyéndola. Y sobre todo, modelándola.
Luisa confiesa que su plan era otro: primero encargarse de leer la Biblia y tener su relación a solas con Dios, y recién después exponerse a las redes, sabiendo que en temas espirituales la gente tiene de todo para decir. Pero aun dentro de ese proceso recibió la indicación contraria: si te estoy tocando ahora, es para que desde ahora empieces a compartir el mensaje.
La respuesta de James a los ataques que eso le va a traer es de una sola línea: qué bendición tan grande que te ataquen en redes sociales en el nombre de Dios.
El cierre
Se despiden agradeciendo al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo por el espacio. James lo dice conmovido: está viendo a una mujer que se está formando y que está generando valía a través de la palabra, y por la que muchos van a poder llegar a Cristo.
Y la petición final es directa: compartir el video, con la familia y con los amigos, y sobre todo con las mujeres que necesitan escuchar esto.
Lo que más se pregunta
Preguntas frecuentes de este episodio
¿Qué es una mujer de alto valor según la Biblia?
En el episodio se desmonta la versión que vende el mundo —la cartera cara, el cuerpo perfecto, el hombre con dinero— y se propone otra: una mujer de alto valor es la que tiene valores y una relación con Dios, la que busca sanar, santificarse, mejorar cada día y formar un hogar.
¿Qué es el desierto espiritual?
Es la etapa en la que Dios pone todo sobre la mesa: qué hay que cambiar, qué hay que soltar y qué hay que mejorar. Luisa cuenta que su desierto empezó al día siguiente de decidirse por Dios, y que no es un castigo sino una preparación para poder administrar después lo que Dios quiere dar.
¿Está mal escuchar reggaetón siendo cristiano?
Luisa cuenta que lo dejó por completo, junto con el vallenato, porque lo que entra por los oídos se queda en la mente y esas letras denigran a la mujer y no hablan de amor ni de respeto. Su experiencia es que al cambiarlo por alabanzas hasta el ánimo cambió.
¿Puedo ser cristiana si tengo tatuajes?
El episodio lo aborda de frente porque tanto Luisa como James los tienen. La crítica llega igual, pero el punto que hacen es otro: quien empieza a caminar con Dios va a ser buscado con lupa, y lo que importa es la voluntad de acercarse a él, no el juicio de los que miran desde afuera.
¿Cómo se sana la herida de un padre ausente?
Luisa cuenta que llenaba ese vacío con relaciones, exigiéndoles a sus parejas que actuaran como un padre, y que vivía victimizada. La sanidad llegó cuando empezó a ver a Dios como Padre: hoy mira a su papá con ojos de amor y de comprensión.
¿Es necesario ir a la iglesia para tener una relación con Dios?
El episodio responde que sí, y explica por qué: al inicio el camino es de intimidad personal, pero después Dios pone alrededor a los hermanos, porque todos somos parte del cuerpo de Cristo. Reunirse con otros que creen en Jesús al mismo tiempo es donde está la fuerza, y en una iglesia se recibe dirección, no solo un mensaje bonito.
¿Qué es la hipergamia y por qué se dice que no es mala?
La hipergamia es la tendencia de una mujer a fijarse en un hombre que está en otro estatus, sea económico, cognitivo o de habilidades. En el episodio se explica que en sí misma no es mala: se corrompe cuando lo único que se busca es el dinero, y deja de serlo cuando lo que se busca es un hombre con valores y capaz de ser cabeza de hogar.
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EP 4El hábito que te destruye en silencio: cómo romper una adicción con fe y acciónEse hábito que pausas y vuelves a repetir, el que te da vergüenza y no logras dominar. James combina dos fuentes que rara vez se juntan —los 12 pasos de Narcóticos Anónimos y la palabra de Dios— para mostrar, con pasos reales, cómo romper una adicción que ya tiene raíz.
EP 3El secreto que la iglesia no te cuenta: ¿por qué caemos y cómo romper el ciclo?En una conversación con Emilio, James responde por qué tantos sentimos rechazo hacia los sermones y la religión. De ahí va a lo esencial: conocer al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; entender que Dios ya no es el Dios castigador, sino un padre que corrige con amor; y descubrir que la iglesia no es un edificio: eres tú. Un episodio sobre identidad, poder espiritual y fe con acción.
EP 2No puedes liderar a nadie si no te lideras a ti mismoEl verdadero liderazgo no es un título ni gritar más fuerte: es el dominio propio. James explica cómo Jesús se lideró primero a sí mismo y muestra las tres áreas donde se prueba a un hombre —la boca, el tiempo y la respuesta al fracaso—, con tres ejercicios prácticos para empezar hoy.
EP 1No basta con pedir perdón: cómo romper hábitos destructivos de verdadJames habla del dominio propio y de por qué seguimos cayendo en los mismos vicios aunque ya hayamos pedido perdón. La salida no es la fuerza de voluntad: es admitir nuestras faltas ante alguien de confianza, ponerle nombre al pecado y buscar una comunidad que nos sostenga.
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