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Episodio 3 · 24 min

El secreto que la iglesia no te cuenta: ¿por qué caemos y cómo romper el ciclo?

En una conversación con Emilio, James responde por qué tantos sentimos rechazo hacia los sermones y la religión. De ahí va a lo esencial: conocer al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; entender que Dios ya no es el Dios castigador, sino un padre que corrige con amor; y descubrir que la iglesia no es un edificio: eres tú. Un episodio sobre identidad, poder espiritual y fe con acción.

Resumen del episodio

Por qué rechazamos los sermones

El episodio arranca con la pregunta de Emilio: ¿por qué sentimos rechazo ante los sermones y ante las personas que nos comunican la palabra de Dios? James, que también fue católico —bautizo, catequesis, primera comunión—, lo explica sin rodeos: muchas veces no hay empatía con el padre o el párroco, nos aburrimos y, encima, hay una brecha generacional enorme.

Pero, dice, existe un solo lenguaje que sí conecta: el del amor, que está en la palabra. El problema es que, al sentir ese rechazo, tampoco buscamos la verdad. Y la verdad es la palabra escrita y es Cristo.

Dios ya no es el Dios castigador

James propone empezar por lo básico que casi nadie tiene claro: quién es el Padre, quién es el Hijo y quién es el Espíritu Santo. Conocer a Dios, dice, es entender que ya no es el Dios antiguo, castigador, «que mataba y lanzaba fuego».

El Nuevo Testamento habla de Dios Padre: un protector, un padre celestial. Ese cambio de figura —de un Dios religioso y temible a un padre— lo cambia todo.

Cristo como hermano mayor

¿Quién es Cristo? James lo llama su hermano mayor, un modelo a seguir: alguien más grande que ya pasó por lo mismo y a quien le pides consejo. Habla de un liderazgo «como Jesús».

Muchos, dice, buscan a Jesús solo como abogado defensor —en las malas, para que los saque de apuros—. Él prefiere verlo como el hermano mayor que nunca tuvo; de joven copiaba personalidades ajenas para encajar, y sus primos mayores hacían ese papel.

La falta de identidad del mundo

Para James, lo que al mundo le falta es identidad: ¿a quién nos parecemos? Cada uno es único, sí, pero la identificación verdadera viene de reconocernos hijos de Dios Padre, de tener «un ADN» espiritual.

Y lanza una comparación incómoda: si muchas veces no conocemos ni el color o la comida favorita de nuestro propio padre, mucho menos conocemos al Padre celestial.

Conocer al Padre a través de la Biblia

¿Cómo se conoce al Padre? Con la Biblia. Dios es tan humilde —dice James— que no pide que lo veamos, solo que lo escuchemos: leyendo la palabra, oyendo prédicas, hablando de ella. Es como conocer a un padre por el testamento que dejó… solo que Dios está vivo.

Y recuerda que «nadie llega al Padre sino por el Hijo»: por eso conviene empezar por conocer a Jesús, al Dios hecho hombre, y preguntarse cómo pudo perdonar lo que a nosotros nos resulta imposible perdonar. Porque el perdón no es humano.

El Espíritu Santo y Pentecostés

Después de Jesús viene el Espíritu Santo, y ahí —dice James— está el verdadero poder. Cuando Jesús muere y vuelve al cielo, promete el Consolador: «es mejor que yo me vaya, para que se quede con ustedes».

En Pentecostés, el Espíritu baja como fuego sobre los 120 creyentes —entre ellos María Magdalena y la madre de Jesús— y todos comienzan a hablar en distintas lenguas, llenos del poder de Dios.

El poder del mal vs. el poder de Dios

James no esquiva el tema: el poder del mal existe —las limpias, los ritos, la Santa Muerte a la que rezan los narcos— y es real. Pero por encima de todo poder está el poder de Dios, que muchas veces ni el católico ni el evangélico llegan a conocer.

Cuenta su propio testimonio: llegó a Narcóticos Anónimos, admitió su adicción a las drogas, el alcohol y el sexo, y lleva 12 años limpio. Aprendió «a las malas» que un padre no castiga, corrige —con lazos de amor o, si uno no hace caso, con disciplina—. Y aclara que quien de verdad educa es el Espíritu Santo, el capacitador, que empieza a habitar en ti cuando aceptas a Dios y a Jesús en tu corazón.

La iglesia eres tú

Aquí está el corazón del episodio: ese rechazo a la iglesia, a la religión y a los curas muchas veces lo pide tu propio cuerpo, porque —dice James— en él habitan espíritus del mal (burla, mentira, fornicación) que te repiten «no vayas, no te necesitamos».

Porque el Espíritu Santo no habita en una iglesia sucia, y la iglesia eres tú: tu cuerpo es el templo donde debe habitar Dios. Por eso no hay que esperar a «estar limpio» para acercarse; limpiarse es un proceso, no algo de la noche a la mañana. James comparte su propio proceso —más de un año sin relaciones, con caídas incluidas— para mostrar que el cambio es real aunque no sea perfecto, y que los frutos del Espíritu (dominio propio, mansedumbre, paciencia, gozo) se van sembrando.

Prepararse para la futura esposa

James cuenta que antes pensaba morir soltero, entregado a la «locura del mundo». Al empezar a leer la palabra y ver el orden que Dios quiere para su vida, cambió: hoy dice estar cuidándose para su futura esposa.

El orden que plantea es claro: Dios quiere que primero se lidere a sí mismo, para luego poder liderar una familia y darle estabilidad económica, emocional y espiritual.

Dios quiere darte abundancia

«Dios nunca te va a dar algo que no puedes liderar», dice James. Nuestro pensamiento limitado nos hace creer que «con esto me basta», que no merecemos más, porque no conocemos al Dios que puede dar más.

Pero advierte del otro lado: cuando empiezas a moverte hacia lo divino, el enemigo te acecha más —llegan los problemas, la escasez, las tentaciones—, igual que Jesús fue tentado 40 días en el desierto. Satanás quiere que sigas cómodo en sus brazos; Dios tiene mucho más preparado para ti.

El sello del Espíritu Santo

Con la imagen del ganado marcado, James explica que cuando Jesús vuelva buscará a sus ovejas por su sello: el sello del Espíritu Santo. Muchos conocen a Dios —incluso los demonios lo conocen—, pero no todos pueden pronunciar el nombre de Jesús con libertad, porque sus propios demonios no se lo permiten.

Y aquí aparece la misión: los hijos de Dios están para liberar a otros de esos espíritus, de las opresiones y las enfermedades. James sostiene que ha visto milagros y que Dios da dones —sanar, liberar, multiplicar— no para acumular, sino para comunicar su palabra y que otros sean libres.

La fe sin acción es muerta

El cierre es un llamado a la acción. No basta la fe: «la fe sin acción es obra muerta». Crees en Dios, pero también tienes que accionar para conocerlo y servirle.

James lo enmarca en su propio testimonio —el hombre «más pecador», que ya recorrió el camino del fracaso— y en el hilo de los episodios anteriores: seguimos repitiendo los mismos errores porque «quien no conoce la historia está condenado a repetirla», y esa historia ya está escrita en la palabra. El paso concreto que propone: busca un grupo de hombres que te ayuden a ser mejor hombre, mejor hijo, mejor padre y esposo, y a caminar hacia la libertad eterna que Dios promete a través de Jesús.

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