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Episodio 11 · 44 min

¿Se puede llegar sin sexo hasta el matrimonio en 2026? La verdad que nadie quiere escuchar

Primer episodio con invitada: Daniela Moreira conversa con James sobre por qué el celibato se puso de moda y qué hay realmente detrás. Una conversación honesta sobre apartarse, el miedo a dejar de ser quien eras, la diferencia entre soledad y solitud, y por qué la meta no es el matrimonio sino seguir conectado con Dios.

Resumen del episodio

Nuevo formato, primera invitada

El episodio estrena un formato nuevo, pensado para esparcir más el conocimiento: no solo lo que James tiene para compartir, sino también lo que traen los invitados. La primera es Daniela Moreira.

El tema puede sonar a tabú, o incluso un poco loco para los escépticos y también para los creyentes: cómo llegar sin sexo al matrimonio. Pero, como se verá, la conversación termina yendo a un lugar bastante distinto.

El celibato está de moda

Daniela abre con una observación: el celibato está de moda. Cada vez más gente está optando por esa decisión, y muchas veces no por convicción espiritual sino por desgaste: les rompieron el corazón más de diez veces, pasaron por love bombing con cinco personas distintas.

El hastío hace que la gente se guarde esperando que llegue un amor más verdadero. Y James recuerda que en el capítulo anterior justamente separaron celibato, castidad y santidad, porque no son lo mismo.

No lo hace para prepararse al matrimonio

Contra la idea de «hay que probar el carro antes de comprarlo», James aclara algo que cambia todo el enfoque: él no se aparta para prepararse para el matrimonio, ni con una futura esposa en mente. Es primero un proceso personal.

Como hombre buscó apartarse, al inicio sin un objetivo pero sí con un propósito: limpiar sus pensamientos, su mente, su cuerpo, su espíritu y su alma, porque venía contaminado física, mental y espiritualmente. Y sin querer queriendo se empiezan a acumular días de pureza y de limpieza.

Hay quienes oran por el futuro esposo o la futura esposa. Él no: ora por su familia y por su hija todos los días. Y explica por qué —lo retomará más adelante— uno puede terminar idolatrando a la persona que todavía no llega.

«Quédate un año solo»

Hace doce años su padrino y mentor le dijo: «quédate un año solo». Su respuesta entonces fue tajante: «es imposible, yo no lo puedo hacer».

Recién ahora, después de más de una década, lo ha podido hacer. Y subraya algo importante: no fue a su manera ni a su forma. Dios lo apartó y lo puso con las personas correctas, en el lugar correcto y en el momento correcto para poder limpiarlo y apartarlo para él.

Quería ser papá, pero no esposo

Daniela le pregunta por el contraste entre el James de hace diez años y el de ahora. Él cuenta que en algún momento Dios puso en su corazón el anhelo de ser papá… pero no el de ser esposo.

Ahí seguía la inmadurez: consciente de que no estaba listo para formalizar una relación aunque ya iba a ser padre. Hasta hace un par de años no tenía siquiera la idea de casarse; pensaba que iba a morir soltero.

La vida es una transición

Daniela confiesa su propia versión: hubo una etapa en la que solo quería ser tía, no casarse, y llegó a decirle a su mamá que no quería procrear. Hoy lo ve como una de las cosas más duras que pudo decirle.

Pero son cuestiones de etapas: la que era a los 20 no es la misma que es a los 32. En su familia materna las mujeres eran profesionales, aguerridas, independientes; en la paterna no. Ese contraste le hizo preguntarse qué prefería: una vida llena de éxitos o una familia como la de sus abuelitos. Hoy responde que quiere ambas, algo que no pensaba hace diez años.

«Yo no sé qué hacer conmigo, pero Dios sí»

James cuenta un momento cotidiano: subió a sus estados un meme que decía que hace unos años su familia no sabía qué hacer con él, y su mamá le pidió que lo borrara. Él salió del alcohol y las drogas hace dos años, cuando empieza su camino espiritual.

Su reflexión es honesta: sabe que no es una persona fácil de lidiar y que todavía no sabe qué está haciendo, pero sabe que Dios sí lo sabe. Nunca esperó entrar en un camino de pureza y de santidad.

Morir antes de morir

Daniela le pregunta si en algún momento pudo haber perdido la vida. Muchas veces, responde él: puso su vida en peligro, pero de manera inconsciente.

De ahí sale la idea que ordena buena parte de la conversación: hay que morir antes de morir. Morir a las versiones anteriores, al viejo hombre, al viejo yo, antes de expirar como cuerpo.

El miedo a dejar de ser yo mismo

Trabajando un inventario moral con su padrino apareció la pregunta: ¿a qué le tienes miedo? Su respuesta fue dejar de ser él mismo. Es decir, dejar sus seguridades: conquistar, tener puertas abiertas, tener varias mujeres, porque eso era para él fuente de poder y de identidad de «macho alfa».

Un amigo se lo puso más directo: ¿quién es James sin una mujer? ¿Quién eres tú sin la necesidad de tener a alguien al lado? Y él no supo qué responder, porque siempre venía de una relación a otra.

Detrás de ese miedo —y el miedo es dolor— no se descubrió a sí mismo: encontró una intimidad con Dios que le dio valor, sentido y propósito. Por eso no ora por la persona que está por venir: prefiere mirar a la persona que Dios quiere que él sea.

La soledad no es lo mismo que la solitud

Para quien está tratando de tener una relación con Jesús, James deja una distinción clave: la soledad es amarga; la solitud es el momento que tienes contigo mismo y con Dios, el que te permite ver tus habilidades y tus potencialidades.

Por eso hay quien dice «soy un hombre amargado»: no es que esté solo, es que no sabe amar su compañía ni amarse a sí mismo.

«Del sexo venimos y con el sexo morimos»

James cuenta que probó la castidad —un mes, dos meses— y caía. Un día tocó la puerta de una iglesia para preguntarle al padre cuál era el siguiente nivel, esperando alguna respuesta compleja, algo parecido a someter la carne.

La respuesta fue mucho más simple de lo que esperaba: «del sexo venimos y con el sexo morimos. Te felicito por lo que acabas de hacer. Síguelo haciendo, y si recaes te levantas y empiezas otra vez, porque ya tienes un punto de partida».

En ese momento no lo entendió. Con las siguientes pruebas y tentaciones sí: es como caminar o andar en bicicleta —te vas a caer, pero tienes que pararte siempre.

Vergüenza no es recaer, vergüenza es no regresar

Sí se puede regresar. Y aquí aparece una frase que él trae de su camino en NA: vergüenza no es recaer, vergüenza es no regresar.

La vergüenza es del enemigo, no de Dios. Dios jamás va a querer que te avergüences de él, de su propósito ni de ti mismo.

La antítesis de la vergüenza, del miedo, del orgullo y de la soberbia es la humildad. Y la humildad no es tener pocas cosas ni pobreza —eso es un malentendido—: es la capacidad de reconocer y la capacidad de hacer caso. Dios, como buen padre, quiere darte todo.

Dios no quiere verte sufriendo

Daniela acota otra idea instalada: que la religión es sufrida, que Dios quiere verte adoleciendo, que tener a Dios equivale a no poder ser feliz ni disfrutar.

La realidad es la contraria: estar con Dios significa tener la libertad de escoger lo bueno y no ser esclavo de lo malo.

El diseño original del sexo

Dios creó el sexo; el enemigo no. Lo que hace Satanás es distraer y pervertirlo: hacer parecer bueno lo malo y malo lo bueno.

Porque el sexo, según el diseño original, está en el matrimonio y está enfocado en dar placer, dar amor y, sobre todo, dar y crear vida. El hombre y la mujer han sido distraídos del propósito mismo de su creación.

«Ya probé todo y no tengo otra opción»

Antes de tomar el camino hacia Cristo, James no sabía si estaba tomando el camino correcto, y así se lo dijo a su familia y a sus amigos: «no sé si este es el camino correcto, pero ya probé todo y no tengo otra opción».

No sabía hacia dónde iba, pero se fue de cabeza a los brazos de Dios: a encontrarse en su intimidad, a tener momentos a solas orando y meditando, sintiendo un abrazo, pidiendo perdón por el daño que hizo y por el que le hicieron. Porque primero hay que tener intimidad con Dios para poder tener intimidad con una persona.

La santidad es permitirte tener el poder de Dios

Retomando el episodio anterior: la santidad es apartarnos del mundo, pero no huir del mundo. Y es lo que te permite tener el poder de Dios.

¿Cuál es ese poder? El mismo que tenían los santos: sanar al dolido y al enfermo, multiplicar los panes y los peces, liberar a los oprimidos. Porque el poder del mal existe, y el poder de Dios también, pero muchos creyentes no lo conocen. ¿Por qué? Porque no se han apartado.

No reprimir: la compasión transforma las pasiones

James distingue su decisión: no es celibato ni castidad. Estar en castidad, dice, es reprimirte; pasas un mes, dos, tres, y todo eso reprimido es como una botella agitada: cuando la abres te vas de largo haciendo todo lo que no hiciste en ese tiempo.

Por eso ya no reprime. Leyó una idea que le quedó: la compasión es la transformación de las pasiones. Toda esa energía tiene que transformarse en algo, y él la transformó en proyectos, en metas y en compasión hacia los demás, pero sobre todo hacia sí mismo: perdonarse y darse amor.

Lo que cuida todos los días: seguir conectado

Su motivo de fondo no es el matrimonio: es que su relación más importante es con Dios. Sabe que si recae en los placeres y en las tentaciones se va a alejar de él.

Y lo que cuida cada día es mantenerse conectado, porque así puede ser usado por Dios para los demás. Se lo plantea muy concreto: imagínate perder la santidad y que justo cuando tu familia te necesite para una oración o para proteger tu hogar, tú estés apagado.

Además, al tener sexo con alguien te conectas espiritualmente con esa persona. Todo este tiempo de apartarse ha sido un detox: limpieza, ayuno, oración, conexión. Y cuando cambias la percepción de reprimirte, el camino se vuelve más fácil, porque te mantienes pegado a la conexión directa con el Padre.

Dios no vino por los perfectos

Daniela habla del imaginario social que dice que quien va a la iglesia, lee la Biblia y deja de lado el horóscopo, la numerología y la nueva era está loco o se cree santo. Su lectura es otra: suelen ser personas que pasaron por un camino muy turbio y muy oscuro antes de llegar a la paz. Pablo mismo perseguía cristianos.

No hay que ser perfecto para entrar a este camino: hay que ser lo más humilde posible para decir «hasta aquí, ya estoy harto». Porque el mundo se ve bonito en la fiesta, pero también son 5, 10, 30 años en el mismo círculo sin construir nada, con vacíos que terminan apoderándose de la persona.

Dios no vino por los perfectos: está aquí por los corazones quebrantados.

Las máscaras y la doble vida

Hablan de las máscaras: las del cristiano y las del que no lo es. Todo el mundo busca aparentar —selfies, carros, casas, trabajo, la familia perfecta—, vamos a la iglesia y todo se ve bien, pero seguimos con una doble vida.

Nada es perfecto: quien va a la iglesia no es una persona perfecta, es alguien tratando de construir una relación con Dios, aunque sea una hora a la semana. Y por eso mismo son los más señalados y juzgados: «¿no se supone que él es hermanito?».

La clave no es limitarse por el qué dirán, sino el dominio propio. Cada quien conoce sus demonios y sus debilidades: James dice saber de qué agua no tiene que beber, y reconocerlo, aceptarlo y confesarlo con otras personas es lo que evita que regrese el viejo hombre.

Cuando dejas de estar disponible

James le pregunta a Daniela cómo elegiría a alguien sin que sea por emoción ni por el love bombing de los likes y los regalos. Ella responde con algo que notó: cuando no eres accesible, muchos ni se acercan, porque no estás en su estándar.

Te ven tranquila y concluyen: «esta no es para invitarla a beber ni para llevármela un fin de semana; si me meto con ella, tal vez me tengo que casar». Y hay hombres que no están preparados para eso.

El «para qué» antes de salir con alguien

A James le pasa parecido desde el otro lado: puede haber mujeres interesantes, hermosas, profesionales, pero él se hace una pregunta previa: ¿para qué? Incluso para un café: ¿de qué voy a hablar con ella? ¿Voy a cuidar mis pensamientos o los voy a enfermar?

Ahí mismo pone el alto —nadie se lo prohíbe, es decisión suya—. No va a discotecas desde hace tiempo; la última vez fue un Halloween hace dos años y tuvo que irse del lugar porque era demasiada tentación. Y reconoce que ha sido doloroso decir que no.

A Daniela le pasa distinto: en la discoteca se pone fastidiosa y se quiere ir, porque ahora ve todo con otros ojos —los que quieren emborrachar a una chica, los que se van a consumir—. El discernimiento cambia el panorama, y ese tiempo prefiere invertirlo en su familia. Porque salir con una en la mañana, otra en la tarde y otra en la noche suele ser ego, y soledad que no se sabe manejar.

El mar que se calmó en la playa

James cuenta por qué no deja la santidad: porque ha podido percibir la presencia de Dios en cosas muy concretas. Un amigo suyo, Lenín, quería casarse después de muchos años y de hijos grandes, pero no sabía ni cómo; se organizó la boda en la playa con su pastor.

Como los novios no estaban bautizados, iban a bautizarlos ahí mismo, minutos antes del matrimonio. Pero el mar estaba bravísimo. Él oró: «Señor, por favor, apacigua el agua para poder bautizarlos». El agua bajó tanto que, para sumergir a la esposa, tuvo que agacharse casi hasta el piso. El mar se calmó totalmente y se bautizaron.

Otra vez, en un evento de Narcóticos Anónimos, llevó a un compañero para que escuchara la palabra y empezó a llover durísimo sobre un techo de aluminio. Pidió que parara la lluvia para que su amigo pudiera escuchar, y la lluvia mermó.

Su conclusión: cada vez que ha pedido algo que no es egoísta, sino para el prójimo, Dios lo escucha. Eso es la santidad: tener contacto directo con él y que él te responda.

Sin santidad hay un techo que te tapa

Daniela añade que Dios sí cumple, pero hay que pedir bien y con exactitud. James lo completa con una imagen: cuando no estás en santidad, la señal directa con el Padre no llega, porque hay un techo que te tapa.

Y muchos usan a Dios como bombero, solo para apagar incendios, y después siguen haciendo lo mismo. De ahí sale el reclamo de «Dios no me quiere» o «¿por qué me pasan estas cosas?»: no es que Dios falle, es que no hay contacto directo, y encima se deposita la fe en otras cosas.

El tiempo más productivo de su vida

Hoy muchos hombres se están apartando y prefieren poner su energía en negocios y proyectos antes que en escribirle a diez chicas. James da fe: lleva más de año y medio de celibato, pero lo suyo es la santidad, y este ha sido el mayor tiempo de productividad de toda su vida.

No es solo que Dios haya abierto puertas —eso también—, es que él se permitió estar listo cuando las puertas se abrieron.

El hombre y la mujer se relacionan distinto con Dios

Hablan de algo que ya habían conversado: la relación de la mujer con Jesús es distinta a la del hombre. James lo dice con humor: a la mujer Dios parece bajar a hablarle; al hombre lo hacen subir hasta la cima del Himalaya, arrastrado por el piso y con mil vicisitudes.

Daniela lo confirma desde su experiencia: antes era de las que salía a la calle a hacer sus cosas, y ahora se ha encontrado en una versión de sí misma que prefiere ser refugio y construirse en la intimidad.

Palabra para los hombres: no flaqueen

James cierra con una palabra de valor, porque Dios no nos ha dado espíritu de cobardía y quien nos capacita es el Espíritu Santo. Da su propio testimonio: Dios limpia del lodo, saca del fango y pone sobre piedra firme, sobre la roca que es Jesús.

Su mensaje es no flaquear y mantenerse firmes en la decisión de dejar de ser lo que eran: dejar de ser el superhombre, el súper yo, el ego que salía adelante. No se arrepiente de nada; estos meses en santidad han sido los mejores de su vida y no los cambia por nada.

La invitación es a prepararse para abrazar lo que Dios tiene: esa futura esposa, esa futura familia, ese trabajo. Si nos enfocamos en hacer lo correcto por el motivo correcto, todo vendrá por añadidura; y mientras nos mantengamos limpios física, mental y espiritualmente, tendremos la protección y el poder de Dios para cumplir el propósito de ser testimonio.

Palabra para las mujeres: que él habite en ti

Daniela deja su palabra: Jesús es generoso en bondad, y por eso vale más bajar la guardia ante el escándalo del mundo y pedirle que habite en ti. Es lo que ella misma viene haciendo.

Le ha pedido a Jesús que habite en ella para que quien sea su futuro esposo no se fije en una cara bonita ni en un cuerpo, sino que pueda identificar que él habita ahí. Ese, dice, es el golazo: que alguien esté contigo porque sabe que tienes una relación con Jesús.

Y sobre los likes: no significan nada. Miles de seguidores valen la pena si hay contenido de valor que sume a una comunidad; si son solo aprobación masculina, ninguno de esos hombres se va a hacer responsable de tu corazón.

Guardar y apartar el corazón para Jesús

La síntesis de todo: apartar y guardar el corazón para Jesús, y dejar que él lo configure y lo reconfigure las veces que sean necesarias, para que no habite en nosotros malicia ni la maldad del mundo.

Y recordar que todos podemos venir. No hay que ser perfecto para tener una relación con Jesús, leer la Biblia o salir de aquello que te tiene harto. Lo único que hay que aceptar es que no tienes que agradarle a nadie ni a ningún grupito: basta con estar en paz contigo mismo y tener esa relación.

Como lo cierran ellos: a los únicos que tenemos que agradar es a nuestra audiencia —el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo—, y esa audiencia siempre va a estar ahí.

Lo que más se pregunta

Preguntas frecuentes de este episodio

  • ¿Por qué el celibato se puso de moda?

    El episodio lo aborda con Daniela Moreira y distingue la moda del motivo: no se trata de prepararse para el matrimonio, sino de apartarse para Dios. La meta no es casarse, es seguir conectado.

  • ¿Cuál es la diferencia entre soledad y solitud?

    La soledad se sufre; la solitud se elige y se habita. El episodio habla del miedo a dejar de ser quien eras y de «morir antes de morir» como parte de esa transición.

  • ¿Qué hacer si ya se recayó?

    El episodio lo resume así: vergüenza no es recaer, vergüenza es no regresar. Y sostiene que la salida no es reprimir sino dejar que la compasión transforme las pasiones, porque Dios no vino por los perfectos.

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