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Episodio 18 · 38 min

¿Por qué el amor se vuelve perverso? El egocentrismo y las tentaciones

James y Daniela parten de un texto que Daniela trajo impreso: el amor se vuelve perverso cuando se enfoca en sí mismo. Hablan de las «puertas abiertas» y la doble vida, del migajero, del yugo desigual y del precio que nadie quiere pagar por el daño que deja atrás. Leen el Salmo 40, explican por qué la vergüenza no viene de Dios y por qué la trampa de Satanás es la ofensa, y cierran con el único amor perfecto: el que se sacrifica.

Resumen del episodio

El tema: el amor que se vuelve perverso

James Pratt y Daniela Moreira vuelven al formato de los dos, sin invitado, y James abre con la frase que da título al episodio: el amor se vuelve perverso porque el corazón del hombre es perverso y engañoso, como dice la palabra.

Para desarrollarla lee un texto que Daniela imprimió, sobre un tema que llevan varias semanas profundizando: «El amor se vuelve perverso y se enfoca en sí mismo. Como pecadores que somos, somos egocéntricos por naturaleza y vivimos en un mundo egocéntrico. Mientras nos enfocamos en nosotros mismos, perdemos el verdadero amor».

Daniela lo resume en una palabra: fuerte. Y queda planteada la pregunta que recorre todo el episodio: cuál es el verdadero amor.

Primero yo, segundo yo, tercero yo

La primera respuesta es la que uno tenía antes de conocer la palabra y el camino a Dios: que el verdadero amor es a uno mismo. Primero yo, segundo yo, tercero yo. Es lo que el mundo te lleva a decir, y la gente piensa que uno tiene que ponerse primero.

James lo llama por su nombre: egoísmo, egocentrismo. Quiero que me atiendan a mí, pero no busco atender ni servir a nadie más.

Y lo conecta con lo que conversaron en el episodio anterior: el hombre o busca ser esclavo o busca ser rey. Uno sigue siendo esclavo todo el tiempo que no se da cuenta de que está dormido. Cuando despierta y ve que ha logrado cosas y que puede lograr muchas más —conquistar, dominar, poseer—, aparece el supuesto amor propio de acumular cosas y acumular personas. Ahí, dice, comenzamos a hacer daño. Y a quien más daño se hace es a uno mismo.

Daniela explica por qué: porque en realidad estás vacío, buscando dopamina por todos lados. Puedes tener mucha plata en la cuenta, muchos chicos o muchas chicas pretendiéndote, y llega un momento en que dices: no siento nada.

Puertas abiertas

James lo lleva a una expresión concreta: puertas abiertas. Como tengo y poseo cosas, y me valoro por lo que tengo, eso me da amor propio, me da estatus. Y entonces empiezo a tener puertas abiertas.

Lo explica sin rodeos: una chica en esta ciudad, otra en otra ciudad, otra en otro país. Si se cierra una puerta, tengo otra. Y pregunta cuántos hombres tienen hoy una segunda familia, relaciones escondidas. Daniela completa: mujeres también. Es una doble vida.

De puertas abiertas a maldiciones abiertas

Para James, ahí es donde el amor se vuelve perverso: por lo mismo que uno quiere conquistar, termina solo. Hay hombres que tienen hijos con diferentes mujeres, dando un supuesto amor, un falso amor, para conquistar, tener y poseer. Y ya no se trata solo de la mujer: dejaste hijos en un hogar inconcluso.

Y de las puertas abiertas, dicen, se pasa a las maldiciones abiertas. Todo empezó como un juego: esta mujer me sirvió hasta aquí, ahora quiero más, necesito otra que me lleve a la siguiente etapa. En el camino quedan hogares rotos, disfuncionales, abiertos al enemigo, que lo que quiere es justamente eso: distraerte del enfoque principal, que es tu familia.

¿De qué te sirve ganar el mundo entero?

Puedes tener muchos trabajos y ser un hombre muy reconocido, dice James, pero la palabra lo pregunta claro: de qué te sirve ganar el mundo entero si terminas perdiendo tu alma.

Y añade lo que se pierde además: no solo tu alma, sino la de tus hijos, la de tu generación, la de tu descendencia.

¿Quién es el migajero?

Daniela trae un término que está de moda: el migajero. Le pregunta a James qué entiende por eso, y él responde rápido: alguien que no tiene amor propio.

Ella lo amplía. Se le dice migajero a la chica o al chico que recibe migajas de amor, pero a ella también le parece migajero el hombre que tiene varias mujeres y varios hogares, porque está dando migajas y recibiendo migajas: un poco de atención aquí, un poco de amor allá.

James no lo ve tanto así. Para él, el hombre que está haciendo daño, consciente o inconscientemente, es un hombre narcisista, manipulador, egocéntrico. El egocentrismo es el centro de esa persona: yo soy antes que los demás, y todo lo que hago me sirve a mí. Quien reparte migajas está manipulando para satisfacer solo sus propias necesidades.

Dejar guerra por donde pasa

Lo que deja esa persona, según James, es una peste por donde va. Una mujer está tranquila, llega alguien a conquistarla, le promete todo y después se va. Vino, conquistó y se fue. Y ella termina en el psicólogo.

Lo describe como un estado de guerra permanente, con secuelas en muchas personas: el dolor emocional de las mujeres y el de los hijos que supuestamente iban a cuidar juntos. Y vuelve a la pregunta del episodio: el amor se vuelve perverso cuando busco satisfacer todas mis necesidades a costa de lo que sea.

Lo sella con una frase: el poder es la droga más fuerte de todas.

¿Quién es el dueño de tu corazón?

Pero también le habla a la otra parte. Si tú no tienes claro quién te respalda, quién te guarda, quién es el dueño de tu corazón y el centro de tu vida, le dice a Daniela, cualquiera va a venir a querer conquistarte, va a pasar por encima tuyo y va a destruir tu corazón.

A Daniela eso le recuerda el tema de los negociables y los no negociables. Para quien ya aceptó a Cristo en su corazón, estar con una persona en yugo desigual es un no negociable. No puedes decir que crees en Jesús, que lo amas y lo adoras, y meterte con alguien que no cree.

«No eres una clínica de rehabilitación»

James reconoce que pasa mucho: hay muchísimas mujeres que dicen «este es el hombre perfecto, yo lo voy a convertir, lo voy a llevar a la iglesia». Al inicio funciona, pero cuando se casan sale a la luz que nunca fue una necesidad de él. El noventa y nueve por ciento, dice, fracasa.

Y ahí aparece la frase que se queda de este tramo: tú no eres una clínica de rehabilitación de las personas. Quien comparta ese amor contigo tiene que traer ya una relación estable con Dios y su propio proceso. Si no, te vas a perder en el camino con esa persona, vas a perder tu relación con Dios y vas a terminar fallándole por ella.

Para las familias que ya fallaron y quieren volver a intentarlo, la respuesta es otra: tienen que levantarse juntas.

Cuando la puerta abierta llega a casa

James retoma algo que venían conversando el día anterior: una puerta abierta desata muchas cosas. El hombre infiel que tiene otra mujer aparte de su esposa desata maldiciones sobre su familia, porque si esa mujer no está en Cristo puede acudir a la santería, a la magia blanca o negra, al tarot. Se obsesiona con ese hombre y puede mandar brujería a la esposa, a los hijos o a él mismo, y destruir ese matrimonio.

Por eso, dice, ese hombre tiene que renunciar a sí mismo y sacrificarse para salvar a su familia. ¿Sacrificar qué? Su vida, sus deseos, el poder, el querer tener otras personas. Morir a su versión.

Y Daniela señala lo más difícil de sacrificar: el ego.

Huir sin dar explicaciones

El ego aparece incluso cuando uno quiere terminar una relación que no es sana. El hombre busca dar explicaciones, quiere quedar bien, quiere justificarse.

Pero cuando tienes que huir de la tentación, dice James, no tienes que dar respuesta. Solamente desaparece, porque ya conoces la verdad.

Ahí hacen una precisión: la palabra no dice que enfrentes al diablo, dice que lo resistas y huirá de ti. Y de la tentación hay que huir, sabiendo que van a venir ataques.

El precio que nadie quiere pagar

Y entonces James responde, por otro camino, la pregunta del episodio anterior. El hombre y la mujer no están preparados para pagar el precio de sus actos. Por eso el hombre sigue haciendo el mal: no es que no conozca el bien, es que sabe que tiene que pagar el precio, y prefiere hacerse el loco y no mirar lo que dejó destruido atrás.

No se trata, dice, de entrar al camino, que Dios te limpie y listo. Todos tenemos pecados, y basta un corazón arrepentido para que Dios te acepte; no va a venir a pedirte justicia por cada uno. Pero eso no quita que haya que pagar las facturas.

Hay que hacer enmiendas del daño causado, porque de nada vale arrepentirse si no corriges. Y hay que pedir perdón aunque esa persona no te perdone, sin esperar que te perdonen.

Por falta de un clavo

Leen un proverbio —no de la Biblia, aclaran, sino de la sabiduría popular— sobre cómo omisiones que parecen insignificantes pueden tener consecuencias graves e imprevistas: por falta de un clavo se perdió la herradura; por falta de la herradura, el caballo; por falta del caballo, el jinete; por falta del jinete, el mensaje; por falta del mensaje, la batalla; por falta de la batalla, la guerra; y por falta de la guerra, el reino.

Y lo cierran con el texto que venían leyendo: podemos ser salvos y entrar al cielo solo para descubrir que no disfrutamos aquí en la tierra la plenitud del amor de Dios, como él pretendía. La conclusión es práctica: hay que hacer las cosas bien desde el comienzo.

El joven rico: lo que era era lo que tenía

Surge entonces una pregunta: si una persona ha tenido una vida fácil, ¿le cuesta más o menos llegar a Cristo? Porque la gente suele acercarse a Dios cuando la vida se pone dura, cuando se siente vacía, cuando está destrozada.

James responde con la historia del joven rico, que se acerca a Jesús diciendo que cumple todos los mandamientos y pregunta qué más le falta. Jesús le dice que venda lo que tiene y lo siga. Y el joven, que lo tenía absolutamente todo, se retira.

¿Por qué? Porque no podía dejar lo que él era, y lo que él era era lo que tenía. Mientras sigas amando las cosas que tienes y no las sueltes, dice James, no vas a poder seguir el camino correcto. Y el camino correcto es la verdad: hacer lo que Dios te pide.

Terquedad y locura

James cuenta que el día anterior lo estudiaba con su padrino de Narcóticos Anónimos: la diferencia entre la terquedad y la voluntad de Dios. Mi terquedad no permite que Dios actúe en mi vida.

Así que lo que hace falta para empezar a hacer las cosas bien es dejar la terquedad y dejar la locura, que en Narcóticos Anónimos se define así: cometer los mismos errores esperando resultados diferentes. Y eso, dice, la gente lo hace a cada rato.

Lo que siembras lo cosecha tu descendencia

Si no estás dispuesto a dejar lo que tienes —porque lo que tienes eres tú—, a morir a tus versiones pasadas, a que James se transforme o a que Daniela cambie, nunca vas a ver el poder de Dios ni sus frutos. Vas a seguir siendo, como dijeron la vez anterior, un hombre o una mujer infértil, dejando plagas por todos lados.

Pero cuando Dios empieza a actuar en ti después de un proceso largo, lo que empiezas a sembrar empieza a dar cosecha. Y quizá no la coseches tú, dice James, pero la va a cosechar la siguiente generación.

Salmo 40: me sacó de la fosa

James le pide a Daniela que lea el Salmo 40, versículos 1 y 2: «Puse en el Señor toda mi esperanza; él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor. Me sacó de la fosa fatal, del lodo y del pantano; puso mis pies sobre una roca y me plantó en terreno firme».

Tras la lectura recuerdan algo de David: no escribía solo en los momentos gloriosos. Escribía en el miedo, en la frustración, cuando tenía que esconderse. Aun en la dificultad, clamaba y adoraba.

Eso es lo que a muchos nos falta, dicen: saber que Dios no está solo en los momentos buenos, lindos y prósperos. Dios te pide fidelidad en el momento malo, y ahí es donde te mide.

Gracias por lo que no llega

Ahí mide si de verdad eres su hijo o solo estás con él cuando te llegó la beca, el dinero, el trabajo o el viaje que querías. Entonces sí: Diosito, te amo, bendecida, bendecido.

La pregunta incómoda es otra: cuándo le das gracias a Dios por lo que te quita, por lo que querías y no llega, cuando no tienes dinero en el banco. James reconoce que nunca ha visto a nadie decir «gracias, Señor, por no darme el trabajo en este momento». Todos agradecemos cuando hay. Daniela pone la otra cara: los tiempos de Dios son perfectos, y él tiene un plan.

Y los dos llegan al mismo punto: ahí está la obediencia, la fidelidad. James lo extiende al matrimonio: cuando el hombre no tiene, la mujer tiene que estar con su esposo.

Ser testimonio en la propia casa

James cuenta que estaba leyendo el evangelio de Juan y se lo mandó a su hija: el pasaje en que Jesús sana a un enfermo en sábado y quieren matarlo por eso, y él responde que hace las mismas obras que su Padre, porque su Padre trabaja todos los días.

De ahí saca su aplicación: para que las cosas sucedan, uno tiene que ser testimonio en su familia, para que sus hijos hagan el bien.

Clamor es orar con fuerza

Volviendo al salmo, se detienen en una palabra: clamor. Lo habían buscado, y clamor es orar con fuerza.

Él se inclinó, me sacó de la fosa, del lodo y del pantano, y puso mis pies sobre una roca. La roca, dicen, es Jesús.

«No peques más, para que no te venga algo peor»

James trae otro pasaje de Juan: Jesús sana al paralítico del estanque, y después, cuando lo vuelve a encontrar, le dice que ya está sano, que no vuelva a pecar, no sea que le pase algo peor.

La lectura que hace es directa. Si Dios ya te sacó del mundo y te puso en tierra firme, y vuelves a ensuciarte en la fosa, va a ser peor. Te vas a perder.

Pero el otro lado también está en el salmo: Dios está dispuesto a perdonarte y a limpiarte si te humillas ante él. Se inclina hacia ti como un padre hacia su hijo, porque un padre siempre quiere lo mejor para sus hijos.

Nadie llega limpio a Cristo

Y ahí aparece el obstáculo más común: la gente espera estar limpia para llegar a Cristo, para ir a la iglesia. Se siente indigna de Dios, de tocar la Biblia, de sentirse mejor. Eso tiene nombre: vergüenza.

Daniela cuenta lo de una amiga que llevaba tiempo con el hábito de leer la Biblia y hacer su devocional todos los días, y cayó. Lo que le dijo después es lo que siente mucha gente: con qué cara vuelvo a orar, con qué cara vuelvo a conectarme con Dios si ahora me siento sucia. No quería volver a lo malo, pero sentía algo en el pecho que no la dejaba regresar.

La respuesta de Daniela fue clara: ese es el enemigo.

Vergüenza no es recaer

James lo confirma: la vergüenza es de Satanás. Dios, tu padre, jamás te va a poner en vergüenza.

Y sale una frase que se volvió viral y que a los dos les gusta: Dios conoce tu nombre, pero Satanás te va a llamar por tu pecado.

Daniela agrega lo que le dijo otra amiga: cuando sientes esa parálisis que no te deja volver, y aun así vuelves, es una victoria para Dios, porque no te hundiste más en el fango.

James lo remata con una frase de Narcóticos Anónimos: vergüenza no es recaer, vergüenza es no regresar. Dios aborrece el pecado, pero ama al pecador.

Raíz de amargura y altivez

James habla de las maldades que hay que enfrentar: la del mundo, la de Satanás y la del propio corazón. Su pastor habla de cuatro, y reconoce que no recuerda la que falta.

La de adentro es la que más le ocupa: no puedo llegar a Cristo con maldad en el corazón. ¿Quién lo limpia? Jesús. Por eso hay que pedírselo todos los días: Señor, quita toda raíz de amargura de mi corazón. Y la amargura tiene nombres concretos: el odio, el resentimiento, el rechazo, la vergüenza, la ira.

Hay dos cosas, dice, que Dios no acepta. La primera es la altivez: Dios mira de lejos al altivo, que es el egocéntrico del que habla todo el episodio. La segunda, la raíz de amargura en el corazón.

Lo ilustra con algo que le pasó días antes con una mujer mayor. Le sugirió que orara por la persona que le estaba haciendo daño, y ella se negó y empezó a insultarla. James pensó: ya ganó Satanás.

La trampa de Satanás es la ofensa

Es un tema que prometen tratar a fondo en otro capítulo, pero lo dejan planteado: la trampa de Satanás es la ofensa. Cuando ofendiste a alguien, él ganó. Y cuando tú te sentiste ofendido, también ganó.

La ofensa abre un espacio pequeño en el corazón, y por ahí entra él a destruir, porque vino a robar, matar y destruir.

Y hay un detalle que lo vuelve más difícil: la ofensa más grande siempre viene de las personas que más quieres. Alguien que no te conoce no te puede herir tanto; solo quien está cerca puede causar una ofensa mayor.

James agrega que uno también puede ofenderse por sus propias obras: hice lo mejor que pude, hice tanto por todos, y nadie me valora. Ahí nace el resentimiento, y viene del ego.

Satanás acusa; solo Dios juzga

Dios no quiere que nuestro corazón esté hecho piedra ni negro como la brea. Lo quiere limpiar, y se lava con la sangre de Cristo.

Y hacen una distinción que ordena lo de la vergüenza: Jesús es el único que puede juzgar, y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos. Satanás no te juzga, no puede. Te acusa. Es el que señala con el dedo, el que te quiere poner en vergüenza. Por eso la vergüenza no es de Dios.

Orar por quien te hirió

Para cerrar, James y Daniela invitan a pedirle a Dios que toque nuestro corazón y el de las personas que nos están haciendo daño. Reconocen que es lo más difícil: orar por quien te traicionó, por quien te dejó cicatrices, por quien te insultó.

Pero el daño más grande, dice James, es el que nos hacemos nosotros mismos con nuestras acciones. No perdonamos a los que nos ofenden, y tampoco terminamos de perdonarnos por el daño que les causamos a otros. Cuando perdonamos al que nos ofende como Dios nos perdonó, comenzamos un camino de redención. No hay otra forma.

Y si ese corazón sigue endurecido y lastimando a otros, la oración es que Dios lo siga tocando, porque tarde o temprano se va a partir y va a clamar a Dios.

Setenta veces siete

¿Cuántas veces hay que perdonar? Setenta veces siete. Daniela confiesa que es mala para los números, pero la cuenta da muchísimas, y eso significa perdonar de forma infinita.

Ella añade algo que James considera un paso indispensable: uno tiene que perdonarse a sí mismo para poder perdonar también a los otros. Y para eso hay que entender el perdón que Dios tiene con nosotros, que es la misericordia. No hay nadie en el planeta tan misericordioso como él, y su misericordia se renueva todos los días.

El único amor perfecto

Para volver al título, James lo dice una vez más: el amor se vuelve perverso cuando ponemos al mundo antes que a Jesús. Y el único amor perfecto, como decía el invitado anterior, es el de Dios, que sacrificó a su hijo unigénito por el perdón de todos los pecados.

De ahí sale la salida al egoísmo. Yo también tengo que sacrificar algo: morir por mi familia, sacrificar mi carne y mis deseos por un bien mayor. Ahí dejo de ser egoísta y el amor deja de ser perverso, porque ya no pienso en mí y empiezo a pensar en otros.

Eso es, dice, un padre o una madre entregados a su familia, que dan su vida por el bienestar de sus hijos, para tener una familia bendita para Dios y de bendición para el mundo.

Hijos con propósito

Hay gente que dice que no quiere traer un hijo a este mundo, por cómo está, porque viene a sufrir. James lo mira desde otro lado: si piensas desde la bondad de Dios, traes familia para bendecir al mundo, y ahí también dejas de ser egoísta.

Daniela cuenta que lo hablaban el día anterior: tener una familia tradicional va a llegar a ser una especie de estatus social, porque cada vez hay menos. La gente da tres pasos atrás y dice «mejor me compro un perro o un gato», y no hay más generaciones. James lo llama otra trampa.

Su punto es tener los hijos con propósito: que vengan a servir y a liderar almas perdidas. Y lo conecta con Abraham, que iba a ser el inicio de generaciones y generaciones bendecidas por su sacrificio personal. Si la familia es pequeña, pregunta, dónde está el granero para guardar esa abundancia.

Él mismo frena ahí, porque sabe que el tema va en contra de mucho de lo que el mundo ha establecido como tendencia. Pero la invitación es a ser consciente de lo que hay detrás de la idea que te está vendiendo el mundo. Satanás tiene un plan para cada uno, y está escrito. Pero Dios escribe sobre todo.

Lo que viene: la trampa de octubre

James cierra anunciando el siguiente episodio, que conecta con todo lo anterior: el plan que tiene Satanás para octubre, durante las fiestas de Halloween, y cuál es esa trampa que tiende a nivel mundial.

Daniela adelanta que va a ser un episodio entretenido, pero importante, para darse cuenta del plan que el enemigo tiene para cada uno. Y se despiden reprendiéndolo en el nombre de Jesús.

Lo que más se pregunta

Preguntas frecuentes de este episodio

  • ¿Por qué el amor se vuelve perverso?

    Porque se enfoca en sí mismo. El episodio parte de que el corazón del hombre es engañoso y perverso, y de que, como pecadores, somos egocéntricos por naturaleza y vivimos en un mundo egocéntrico. Mientras nos enfocamos en nosotros mismos —primero yo, segundo yo, tercero yo— perdemos el verdadero amor.

  • ¿Qué es un migajero?

    Se le dice a quien recibe migajas de amor y de atención. Daniela plantea que también lo es quien las reparte, como el hombre que tiene varias mujeres y varios hogares. James lo matiza: ese hombre es más bien narcisista, manipulador y egocéntrico, alguien que da migajas para satisfacer solo sus propias necesidades.

  • ¿Puedo estar en una relación con alguien que no cree en Dios?

    En el episodio se trata como un no negociable para quien ya aceptó a Cristo: es el yugo desigual. Muchas mujeres piensan que van a convertir a su pareja y llevarla a la iglesia, pero la mayoría de las veces no ocurre. La conclusión es que no eres una clínica de rehabilitación: la otra persona tiene que traer ya su propia relación estable con Dios.

  • ¿Basta con arrepentirse para reparar el daño que hice?

    Para que Dios te acepte basta un corazón arrepentido, pero eso no quita que haya que pagar las facturas. En el episodio se habla de hacer enmiendas del daño causado, porque de nada vale arrepentirse si no corriges, y de pedir perdón sin esperar que la otra persona te perdone.

  • ¿La vergüenza viene de Dios?

    No. En el episodio se dice con claridad que la vergüenza viene del enemigo: Dios conoce tu nombre, pero Satanás te llama por tu pecado. Por eso, si caíste, volver es una victoria. Como se dice en Narcóticos Anónimos: vergüenza no es recaer, vergüenza es no regresar.

  • ¿Cuál es la trampa de Satanás?

    La ofensa. Cuando ofendes a alguien, él gana, y cuando te sientes ofendido, también. La ofensa abre un espacio pequeño en el corazón por el que entra a destruir, y la más grande casi siempre viene de las personas que más quieres.

  • ¿Cuántas veces hay que perdonar?

    Setenta veces siete, que en la práctica significa perdonar de forma infinita. Daniela añade que hay que empezar por perdonarse a uno mismo para poder perdonar a los demás, y James lo llama un paso indispensable: entender la misericordia que Dios tiene con nosotros, que se renueva cada día.

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