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Episodio 16 · 54 min

Saliendo de la Matrix: perdió todo, Dios lo salvó de la cárcel y cambió su vida

Elías Luna venía del mundo de las criptomonedas y lo perdió todo: una investigación de dos años, tres meses solo en Colombia y un abogado pastor que hasta hoy no sabe explicar cómo lo sacó del caso. Cuenta la Santa Cena en la que lloró el día entero, los tres avisos que recibió por una musiquita, por qué en su casa no entra alcohol y por qué le pide a Dios que no le dé más de 300 dólares. Con James y Daniela hablan de salir del sistema, de morir al viejo hombre y de predicar mientras haces taxi.

Resumen del episodio

El invitado: Elías Luna

James Pratt y Daniela Moreira reciben a alguien que los dos querían invitar desde hacía tiempo. La expectativa que trae Elías Luna está dicha de entrada y ordena todo lo demás: no quiere llegar a los cristianos, quiere llegar a las personas que necesitan un respiro y un mensaje, a la que está pensando si puede creer en Dios y se topa con este video.

El nombre, por cierto, no es casualidad. Su mamá soñó que tenía que ponerle así.

De las criptomonedas a una investigación de dos años

Antes, Elías se dedicaba al mundo de las criptomonedas, a ver gráficos. Fue muy famoso y muy conocido, hasta que los problemas con su anterior jefe lo metieron dentro de una investigación.

Fueron dos años horribles, y tres de esos meses los pasó en Colombia con sus abogados ayudándolo. Su abogado es pastor, y las palabras con las que lo cuenta son las de alguien que no se atribuye el mérito: no sé cómo lo saqué de allí, fue el Espíritu Santo que me guió, hasta este momento yo no sé cómo lo hice. Solo sé que un día entregó todas las pruebas que le solicitaron, Dios lo guió, y después llegó la notificación de que estaba fuera del caso.

James le pone el contexto que hace falta: perdió todo. Todo lo que podía tener lo perdió.

Tres meses solo en Colombia, como Moisés

Lo que vino en esos meses lo describe con una comparación que le viene sola. Moisés cometió un error con el egipcio, tuvo que esconderse cuarenta años, y lo hizo en lo más humillante posible, porque criar ovejas era humillante en su tiempo.

Él estaba allí solito, sin nadie. A su futura esposa —hoy su esposa— solo la veía por videollamada, y a veces ni quería verla, porque no sabía cuál iba a ser su proceso ni cuál iba a ser su fin.

Fue ahí donde se dedicó a leer. Empezó por un libro que le recomendó su pastora, se compró todos los del mismo autor, y después se fue a la Biblia: Moisés, Pablo, Josué, Rut, José. Porque en un momento le dijo a Dios que quería conocerlo.

Y su definición de conocerlo no es teórica: es cuando uno ve el rostro de Dios y le salen las lágrimas.

El soldado que no sabía orar de rodillas

Hay un detalle pequeño que dice mucho. Nunca le gustó orar de rodillas, porque desde pequeño se sintió soldado, se lo dijeron así: tú eres un soldado. Y le costó arrodillarse.

Un mes y medio después de empezar ese proceso se arrodilló y dijo lo que faltaba: Señor, acepto este proceso. Llorando, días enteros llorando.

Lo que ocurrió ahí lo resume sin adorno. Él pensaba que Dios no merecía ni verlo, que no merecía salvarlo. Y justo cuando llegó a sentir que no merecía nada de Dios, fue cuando sintió que Dios le decía: ahí era, por fin ya te puedo tener donde quiero.

«Dios solo me sirve en los negocios»

Esa es la frase de la que más vergüenza tiene. Vivió una época en la que todo lo que tocaba brillaba, hasta que llegó el momento de pensar que no necesitaba a Dios, que era él quien estaba haciendo todo eso.

Le daba su diezmo, sí, pero hasta ahí. En su vida personal Dios no tenía nada que ver. En su vida familiar tampoco. Dios era para los negocios.

Las señales que no escuchó

Y llegó el aviso. Dios le dijo que ya no siguiera con su jefe. Se lo dijo de todas las formas posibles, le mandó todas las señales.

Pero su mamá, que entonces vivía, le decía que ella había visto en revelación que Dios quería que siguiera. Y él, que daba por hecho que su mamá tenía comunicación directa con Dios, en vez de escuchar a Dios escuchó a su mamá.

Siguió, y ahí fue el choque. Todo se fue abajo.

La Santa Cena en Bogotá

A mes y medio de cumplir su estadía en Colombia, llorando, dijo lo que quería: Señor, quiero tomar la Santa Cena, quiero sentir que me estás perdonando, qué vergüenza haberte dicho que solo me servías en los negocios.

Terminó en una iglesia de Bogotá a la que llegó por un libro que había leído. Ahí tomó la Santa Cena a moco tendido, llorando todo el día. Y ese día pudo decir por fin: ahora sí soy cristiano.

Ya la había tomado antes, desde que tiene memoria. La diferencia fue tomarla consciente, sintiendo lo que era. Antes había sido otra cosa, tanto que dice que se bautizó una vez y media, porque parte de ese camino lo hizo ayudando en el equipo de multimedia de su iglesia en Ecuador, el Centro Cristiano de la Promesa, donde Dios lo puso aunque su plan no era estar ahí.

Por qué hay gente que se abstiene de la comunión

Daniela lo lleva al punto general: mucha gente se abstiene de ese momento, y ahí toca entrar en introspección y ver qué está pasando con tu vida espiritual. James recuerda cómo funcionaba en su familia católica: la gente no comulgaba porque no se había confesado, porque no se sentía merecedora.

Elías dice que en el fondo es lo mismo, y trae lo que le enseñó su pastor: si estás viviendo en pecado, o hay algo que no has solucionado, evítate tomar la Santa Cena, porque puede ser peor.

Daniela lo dice sin rodeos: quienes se abstienen muchas veces son personas que no quieren dejar el pecado, atadas a la lujuria, a la avaricia. Porque el pecado se disfruta.

Y de ahí sale la frase que resume una cultura entera: rezo, peco y empato. Voy a misa, salgo, sigo pecando y vuelvo a la iglesia. A la iglesia va gente, pero no toda está conectada.

La vocecita que resultó ser el Espíritu Santo

Elías cuenta algo que, dice, suena loco. En su mejor momento en los negocios sentía una vocecita que le decía qué hacer. Le decía así, mi vocecita. Cuando dudaba entre un negocio y otro, la vocecita le decía cuál, y le iba de maravilla.

Cuando creció espiritualmente entendió qué era: el Espíritu Santo. Y también entendió que en algún momento había dejado de escucharlo.

La imagen que usa para explicar para qué sirve esa guía es sencilla. Sales de noche y hay dos caminos que llevan al mismo lugar: uno oscuro y otro iluminado. Ahí el Espíritu Santo te revela cuál es el camino. Y uno a veces dice que están locos, se va por el oscuro, y vienen los problemas.

«Abrázame»: la última vez que lo escuchó

La última cosa que le dijo esa voz antes de callarse fue una sola palabra: abrázame.

Y él no entendió. ¿A quién abrazo? ¿Abrazo a mi papá? ¿A quién? Fue la última vez que lo escuchó.

El libro de Ester: cuando Dios calla

De regreso en Ecuador le pidió a Dios volver a escucharlo, y no pasaba nada. Señor, ¿por qué no te escucho?

Lo que lo ordenó fue leer el libro de Ester, en la Biblia y también en un autor que lo detalla bien. Porque Ester es el único libro donde Dios no habla. Y ahí sintió paz, y pudo decir lo que faltaba: Señor, si no te tengo que escuchar y me toca guiarme bajo las escrituras, lo haré.

Y el Espíritu Santo volvió a hablarle. No siempre como antes, pero volvió. Hoy le pregunta a diario qué decisión tomar, qué trabajo aceptar; le dice que uno no paga bien, y aun así lo acepta, y eso le abre otras puertas.

De ahí sale una de las ideas que más se quedan del episodio. Muchos refutamos a Dios cuando no lo escuchamos, y lo que habría que hacer es lo contrario: no refutar, sino preguntar qué más tengo que aprender.

El motor que se dañó al día siguiente

James pone su propia versión del asunto, y no se deja bien parado a propósito. Su pastor cierra siempre el culto preguntando quién necesita la palabra que entregó; ese día era sobre llenarse del espíritu para mantenerse firme ante las adversidades.

Él estaba tomando fotos y pensó que se sentía tan bien y tan seguro de Dios que cualquier adversidad le podía pasar y él seguiría normal.

Al día siguiente se le dañó el motor del carro entero. El domingo siguiente estaba adelante preguntando por qué había dicho eso. Terminó conociendo a alguien que lo ayudó con el carro, pero la lección quedó: ni más vuelvo a decir que estoy suficientemente lleno.

Dos abogados pastores y la muralla espiritual

Sale una coincidencia que a los dos les llama la atención: el abogado de Elías es pastor, y el de James también, de un proceso familiar que atravesó en su momento.

James lo aprovecha para hacerle una pregunta al que está viendo, no a los invitados: cuántos amigos de tu círculo oran por ti ante una adversidad, y lo hacen de verdad, sin que se lo pidas. Cuánta gente te cubre espiritualmente, aparte de tu mamá o de tu abuelita que reza el rosario por toda la familia.

Porque hoy él tiene familia que ora por él, hombres que oran por él, una comunidad que ora por él y un abogado defensor que es pastor. Eso es una muralla espiritual, y no solo de ángeles: de almas agradecidas que quieren seguir viéndote bien.

Y el reverso también es cierto. Hay adversarios que uno no ve, incluso en otros países, haciendo cosas en contra. Por eso, mientras más crece el alcance, más adversidades van a aparecer.

Hablar de Dios es ponerse fuera del sistema

Ahí Elías dice lo que da título al episodio. Cuando tú comunicas y hablas sobre Dios, te vas en contra del sistema y te encuentras fuera de él: fuera de lo que está armado a nivel musical, de lo que se produce en novelas y series, del sistema político de las nuevas olas. Cosas que en algún momento llegaron a ser buenas y que ahora están corrompidas.

Como lo resume James: ahora todo lo malo es muy bueno.

Y la consecuencia que Elías anticipa no la suaviza: cuando estás en contra y tu voz se amplifica, va a llegar un momento en que nos tengan que callar. Yo siento que va a llegar un momento en que nos callen.

Lo natural que el sistema volvió comercial

Daniela lo aterriza en su terreno. En su comunidad de mujeres recomienda salir de los productos que alteran el sistema endocrino y no usar anticonceptivos, para que tengan sus fases normales. El pastor de Elías dice lo mismo.

Y eso ya es ir en contra del sistema, porque el sistema le dice a la mujer que sea libre, que experimente, que haga lo que le dé la gana.

James suma lo que le llama la atención: lo común que se ha vuelto dar a luz por cesárea, hasta volver comercial lo que era natural.

Pero el punto de Daniela va más lejos que la receta. Lo que ella promueve tiene que ver con las futuras generaciones, aunque no lo diga con esas palabras: si no usas anticonceptivos, tienes que abstenerte; si te abstienes, de una u otra manera llegas al matrimonio; y ese niño nace dentro de un matrimonio. La receta no viene con ese contenido, pero viene con esos pasos.

Lo que hoy se responde a eso, dicen los tres, es que está anticuado, que está pasado de moda, que no estás en la tendencia.

El esquinero de vinos que nunca se armó

Antes de casarse, Elías le dijo a su esposa que quería un esquinero pequeño en la casa para su vino, su cerveza y su copita. Nada exagerado: su vasito con hielo.

Cuando conoció a Dios le hizo la pregunta directa: revélame por qué tú tomabas vino y yo no puedo tomarlo.

La respuesta le llegó dormido, y fue volver al pasado. A cuando era cristiano solo los fines de semana. A las tres veces que fue a una discoteca y vio en carne propia cómo un colega suyo llenaba el auto de chicas y después se iban a otra casa. Sintió un asco profundo.

Y a los tres meses en que fumó por una decepción amorosa, donde entendió lo que hace: la mente se marea, tus filtros se desactivan y aceptas cualquier cosa.

Así que antes de casarse cambió el plan: nada de vino, nada de alcohol en la casa. En vez del esquinero, un stand pequeño para café, porque se volvió amante del café. Alcohol en casa solo si hace falta para cocinar, y si se puede evitar, mejor.

La razón la dice en una línea: el exceso es la puerta del enemigo, y una cosita pequeña en la que te sientes débil ya es una puerta.

Tres avisos por una musiquita

Esta es la historia que él mismo cuenta aclarando que su esposa le dijo que tuviera cuidado. Hace unos tres meses volvió a escuchar música del mundo mientras se bañaba. No era tan mundana, dice, pero lo era. Y pensó que por una canción Dios no le iba a hacer nada.

La primera vez se pegó en la rodilla entrando al baño y dobló el marco. Cada vez que sale del baño lo ve y se acuerda.

La segunda vez ni siquiera lo dijo: solo lo pensó. Puso la musiquita en el carro y no pasaron ni quince segundos antes de que lo chocaran.

La tercera fue la última. Puso la misma música convencido de que las dos anteriores habían sido descuidos suyos. Se bañó pisando con mucho cuidado para no resbalarse, salió, cogió la toalla, y sintió algo caminándole por la barriga. Una cucaracha. Se puso a gritar en el baño del coraje, mandó la toalla a lavar y se fue a dormir enojado. Su esposa le preguntó por qué, y recién dos semanas después le explicó lo que había estado haciendo a escondidas.

La moraleja la pone él: una musiquita empieza con dos musiquitas, con tres, y cuando no te das cuenta ya tienes un playlist.

James aporta la suya, que le gana en tamaño: se despertó de madrugada con un ciempiés enorme caminándole encima.

Las diez plagas, la infertilidad y el señor de las moscas

De ahí salen las plagas, y la fuente es doméstica: la hija de James ve una y otra vez el episodio de las diez plagas de Egipto en una Biblia animada de YouTube, y de tanto escucharlo él se lo aprendió.

Lo que sacó en claro es que cuando empiezan a aparecer plagas en tu vida estás en infertilidad: hambruna, escasez, y una muerte que es espiritual. Ya no está el favor de Dios; donde estaba la gracia está la desgracia. Y lo contrario, cuando la plaga pasa y vuelve el favor, es la cosecha, la abundancia y la guía.

Por eso, cuando ves que en un lugar hay moscas, cucarachas, plagas, el enemigo está ahí, aunque lo limpies.

Y ahí le ponen nombre. Belcebú no es Satanás: Belcebú es un demonio, el señor de las moscas, el señor de las plagas. Tiene un nombre propio, igual que del otro lado está el Dios de los ejércitos.

«Tienes que seguir muriendo»

Daniela introduce lo que viene: uno tiene que ir muriendo a sus versiones anteriores. Hay cosas que hay que soltar, y es muy fuerte.

James cuenta cómo se lo dijeron a él. La esposa de su pastor le hizo ver que a casi todas las peticiones que le llevaba le respondía que no, porque él mismo reconocía que la ira y la preocupación lo llevaban a querer venganza. Y entonces le dijo: James, tienes que morir. Él preguntó qué más, y la respuesta fue: tienes que seguir muriendo.

Esa palabra se le quedó. Cuánto más hay que morir para pasar este desierto, para pasar esta dificultad. Porque el proceso es difícil.

Elías lo vive desde que se casó. Le dijo a su esposa que quería casarse con ella porque sabía que a su lado iba a llegar a un nivel espiritual más fuerte, y fue tal cual. Ella es danzarina, y él se la imagina danzando y eliminando los deseos que le vuelven: quiero volver a ser rico, quiero convertir un negocio pequeño en uno enorme. Esa imagen es la que le sirve para hacer morir al viejo hombre.

«Si me das más de 300 me pierdes la oración»

La frase con la que lo explica es más dura que cualquier teoría: Dios me quiere ver pobre porque si me da dinero me pierde.

Lo dice con números. Tienen unos doscientos y pico en la cuenta. Si Dios le diera más de trescientos, dice, no se levanta a las siete de la mañana a orar, y la oración es la que le dice qué negocio hacer, qué invitación aceptar, a quién decirle que no, qué video grabar. Si le dan más de lo que necesita, lo pierde, porque va a pensar que es él quien lo está haciendo.

Por eso vive la frase de que Dios es su proveedor de forma literal: dos o tres días antes, y a veces el mismo día en que toca pagar la casa, el agua, la luz, el internet o la gasolina, aparece.

Daniela le hace la pregunta necesaria: ¿cuándo vas a tener la madurez espiritual para no pensar así? Porque en la Biblia muchos tenían grandes rebaños, sabían administrarlos, tenían sabiduría.

La respuesta de Elías es de una línea: cuando el hombre comienza a servir a Dios. Y dice que le agradece la pregunta porque es tal cual lo que vivió: hace unos días dejó de pedir más dinero y empezó a preguntar cómo servir.

Predicar haciendo taxi

El ejemplo viene de antes de que se le dañara el carro, cuando hacía taxi. Y lo cuenta con la incomodidad incluida: le enojaba estar haciendo taxi, venía de ganar mucho dinero, y pide disculpas por adelantado a los compañeros que trabajan en aplicaciones.

Con un matiz que importa: su papá es taxista, mantuvo todo el hogar con eso, y es el mejor ejemplo de padre que tiene en esta tierra.

Le preguntó a Dios qué hacer, y la respuesta fue: predica, habla de mí mientras haces taxi. Así que empezó a grabar videos a las cinco de la mañana, llorando, con una alabanza de fondo, diciendo que estaba mal, que estaba triste, que tenía cosas que pagar.

Y el argumento con el que se lo justificó a sí mismo es el mejor del episodio: si David danzaba y alababa mientras estaba escondido de un rey que lo quería matar, por qué no lo voy a poder hacer yo, que no me está persiguiendo la ley.

El que odiaba su contenido y volvió a agradecerle

Al principio sus seguidores le escribían cosas como que odiaban su contenido porque en todo metía a Dios, que así no era un hombre, que no se superaba ni resolvía los problemas de su hogar. Él no respondía nada.

A uno de ellos se lo topó hace unos días. Lo vio tras cámara en una grabación y el hombre se le acercó, lo abrazó y le cogió la mano: quiero hablar contigo.

Le contó que él había sido una de las personas que decía que odiaba su contenido. Pero que ese año perdió a su mamá, perdió a su hermano y casi pierde su negocio, y decidió hacer lo que Elías hacía. Empezó a orar, empezó a creer en Dios, y su negocio se levantó.

Elías le dijo que mucha gente le escribe eso y que no sabía quién era. Y el hombre le repitió la frase textual que le había mandado. Ahí lo reconoció: era el único que se lo había escrito así.

Hoy ese hombre se levanta, ora, declara la palabra y ayuda a su familia. Y lo único que fue a pedirle es que no pare.

Apacienta mis ovejas, aunque no seas pastor

De esa historia sacan el principio. Dios pide cuentas, aunque no seas pastor: qué hiciste con mis ovejas. Somos cartas abiertas en el mundo.

Apacienta mis ovejas, dice la palabra. Aunque sea una sola: ese es el rebaño que te está pidiendo pastorear.

Y el remate es el eslogan que después reaparece: si salvas un hombre, salvas una familia; y si salvas una familia, salvas una generación.

El futuro: las iglesias cerrarán y volveremos a las casas

Cuando James pregunta por el futuro de la comunicación y si vale la pena evangelizar en digital o hay que seguir en territorio, Elías cuenta que él ya hace grupo de promesa en su casa, células donde se reúne por lo general con personas no cristianas.

Y su pronóstico es ese mismo: las iglesias van a cerrar, y vamos a regresar a lo antiguo, cuando nos reuníamos en las casas, escondidos, a hablar de Dios y a darnos fuerza unos a otros.

También cuenta lo que le costó llegar ahí. Le dijo a Dios que el contenido cristiano no pega en redes, y la indicación que recibió fue clara: habla de cómo yo te sostengo, cómo te sustento. No es tu fuerza, yo te doy los planos. Ese video funcionó.

Después hizo uno sobre el diezmo que llegó a Puerto Rico, Uruguay, Nicaragua. Mucha gente lo compartió y muy poca comentó. Y él mismo esperaba que al día siguiente le cayera el dinero. No llegó. Llegó cinco días después, un viernes, cuando una marca a la que llevaba tres días rogándole vio en su video que estaba sin nada y le pagó. Le dijeron que les hubiera avisado; él contestó que las llamadas insistentes no habían funcionado.

Jesús era un influencer y un alborotador

La pregunta se la hizo su esposa, que le hace preguntas de las que ya sabe la respuesta para que él se escuche: cómo crees que Dios va a salvar a todos mediante las redes sociales.

Su respuesta fue que nosotros comunicamos, y que Jesús era un influencer. No usaba redes porque no había, pero usaba el boca a boca. Para James es directamente el vendedor más grande del mundo.

Y Elías añade el término que él prefiere, pidiendo perdón por usarlo: alborotador. Donde iba causaba revuelo. Se sentó a comer sin lavarse las manos, y eso, que ni siquiera era una ley escrita sino una costumbre, alborotó a todos. Cuando le preguntó a Dios por qué lo había hecho grabar el video que se volvió tendencia, la respuesta que sintió fue esa: es que mi hijo fue alborotador.

Lo primero que viene, dicen, es hablar con el ejemplo. Somos cartas abiertas.

La mujer sabia que pidió durante tres años

Elías estuvo tres años orando por una mujer sabia, porque había cometido demasiados errores. Alguien que tuviera el hilo entre la prudencia y la imprudencia.

Y le llegó. Su esposa le dice que no haga tal cosa, él insiste en que hay que hacerla, y se cae. Antes le pasaba con su mamá; ahora le pasa con ella. Una vez le preguntó a Dios por qué le pasaban esas cosas, y la respuesta que sintió fue una broma seria: tú me pediste una mujer sabia para que no la escuches.

Lo admite: como hombre tiene el ego elevado y le da coraje, pero después lo piensa y prefiere escucharla. Porque el hombre es la mano de protección, el cuidado, la fuerza dura, pero la mujer es la que va guiando y ve lo que él no ve.

Los ejemplos son minúsculos y por eso convencen. Ella le corrige frases antes de publicar un video, le cambia una palabra que suena mal por otra que suena bien. Y cuando él quiso grabar un video repartiendo sándwiches hechos en casa dentro de un bus, ella le dijo que no: mejor comprar algo sellado, porque el enemigo puede usarlo para mal y alguien puede decir que lo envenenó.

Él resume el matrimonio así: si hubiera sabido que iba a llegar a este nivel de conciencia de Dios, me habría casado antes. Con su esposa son mejores amigos, se ríen y se molestan en la casa.

No nos agobiemos por los likes

Daniela deja un mensaje que se aplica a los tres y a quien esté viendo: no hay que agobiarse por los likes ni por el alcance, porque todo vendrá por añadidura. Dios también está en las redes sociales.

James lo pone con sus propios números, que no lo favorecen. Tiene siete mil seguidores y sus historias las ven treinta personas. Antes de hablar de Jesús su alcance era de trescientas o cuatrocientas vistas, y en su mejor momento llegó muchísimo más alto. Ahora no lo ve casi nadie. Su conclusión es que no lo hace para nadie: lo hace para la audiencia que siempre va a ser el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Elías reconoce que lucha con eso todos los días. Su mejor video tiene unos cinco mil likes, y hay publicaciones que le quedaron en sesenta o en quince. No se pone mal. Lo que dice es que a los cristianos no deberían motivarnos ni desmotivarnos los resultados, aunque sí hay que mejorar. Y que el resultado no es nuestro: es de Jesús.

La cerveza que no se tomó

La historia con la que cierra es pequeña a propósito, porque de eso se trata. En el último partido del mundial, cuando Ecuador perdió, iba a comer con su primo y su cuñada, y le preguntaron si le incomodaba que tomaran cerveza. Dijo que no iba a tomar.

Camino a la casa soltó que le gustaría una, y que ojalá no compraran. Su esposa Erika lo miró: ¿en serio vas a tomar? Era broma. Tenían cerveza en la nevera y, por respeto, nadie tomó.

Erika le preguntó después por qué había tomado esa decisión. Y su respuesta fue que el enemigo es tan astuto que le aseguraba que, si hubiera tomado, al salir de la ciudadela iba a haber un agente de tránsito esperándolo.

Dicho y hecho: al salir lo pararon. Le pidieron que se bajara, le preguntaron si había tomado, le hicieron soplar. Él tenía su respuesta pensada pero no la dijo. Lo habían parado porque tenía dañada una luz de atrás. Pidió que no lo multaran, que al día siguiente lo arreglaba, y lo dejaron ir.

Lo que le dijo a su esposa es el cierre: qué hubiera pasado si me tomo una botellita chiquita. Las pequeñas acciones son las que demuestran la fidelidad, y son las que hacen que Dios diga que eres un hijo suyo. La obediencia.

Incomodar, ser radicales y la próxima tormenta

James resume la conversación en una idea: hay que incomodar. Y para incomodar hay que ser radicales.

Con un matiz que no se salta: radicales con los creyentes. Con el que no cree no se puede ser radical, ahí hay que ir poco a poco y con amor. Aunque uno termine pareciendo loquito, como le dicen. Loquito por Dios.

Ahí recuerdan que el podcast está auspiciado por Creyente 120, una comunidad para hombres cuyo eslogan es justamente ese: salva un hombre, salva una familia; salva una familia, salva una generación. Y que la idea no es que esto quede en una entrevista, sino levantar hombres y ministerios de matrimonios, porque el mundo se salva con nuestro testimonio.

Por eso, dicen, hay que tener cuidado de no caer y de no resbalar: el testimonio es el que atrae. Nadie se está promocionando; la herramienta es lo que Dios les dio para acercar personas a él, porque el deber es que la gente se reconcilie con Jesús.

Y el último aviso lo da Elías sin suavizarlo. Ser cristiano es difícil, no es para cualquiera: es decirle que no a salir a tomar el fin de semana, decirle que no a la infidelidad, que hoy ya es cultura, y decirle que no a tantas cosas hasta que te digan que qué aburrido eres. Pero cristiano es cristocéntrico: en tu centro está Jesús. Puedes tener deudas, puedes tener un familiar en el hospital, puedes haber perdido más de lo que esperabas, y aun así Dios te respalda. Capaz te ahogas, pero él te da la mano y te levanta.

Y te dice que descanses, que todavía estamos calentando.

James lo enlaza con una prédica que tiene pendiente, sobre la próxima tormenta. Porque va a haber otra, y esta vez no va a ser como la primera: ya tienes a Jesús levantándote del fondo del agua.

Lo que más se pregunta

Preguntas frecuentes de este episodio

  • ¿Qué significa salir de la Matrix siendo cristiano?

    En el episodio se usa para hablar de ponerse fuera del sistema: fuera de lo que está armado en la música, en las series, en la política y en lo que se vende como normal. Elías lo resume diciendo que hablar de Dios ya es irse en contra del sistema, y que por eso llegará un momento en que quieran callarlos.

  • ¿Por qué hay cristianos que no toman la Santa Cena?

    Porque no quieren dejar el pecado, dicen los tres. El pastor de Elías se lo explicó así: si estás viviendo en pecado o hay algo que no has resuelto, evita tomarla, porque puede ser peor. La comparan con la confesión antes de comulgar en la iglesia católica: el núcleo es el mismo.

  • ¿Se puede tomar alcohol siendo cristiano?

    Elías cuenta que antes de casarse quería un esquinero con vino y cerveza, y que después decidió que en su casa no entra alcohol. Su razón no es una regla sino una puerta: el exceso es entrada para el enemigo, y una cosa pequeña en la que te sientes débil ya es una puerta abierta.

  • ¿Qué significa morir al viejo hombre?

    A James se lo dijo la esposa de su pastor: tienes que morir, y tienes que seguir muriendo. En el episodio se explica como ir soltando las versiones anteriores de uno mismo, incluidos los deseos que parecían buenos, y se reconoce que es un proceso difícil que no termina de una vez.

  • ¿Quién es Belcebú?

    En el episodio se aclara que Belcebú no es Satanás sino un demonio con nombre propio: el señor de las moscas, el señor de las plagas. Lo conectan con las diez plagas de Egipto y con la idea de que donde hay plagas hay infertilidad, escasez y muerte espiritual.

  • ¿Vale la pena evangelizar en redes sociales?

    Elías cuenta que el contenido cristiano no pega en redes y que se lo preguntó a Dios. La respuesta que recibió fue que hablara de cómo Dios lo sostiene, y ese video sí funcionó. Su conclusión es que Jesús fue el primer influencer, porque usaba el boca a boca, y que el resultado no es nuestro.

  • ¿Qué hago si dejo de escuchar la voz de Dios?

    Elías pasó por eso y lo resolvió leyendo el libro de Ester, el único donde Dios no habla. Ahí hizo las paces con el silencio: si tocaba guiarse solo por las escrituras, lo haría. Y dice que después de aceptarlo el Espíritu Santo volvió a hablarle.

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